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Edwin Disla escribe: "La Tertulia de los Poetas Historiadores"

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Deseando debatir y divulgar sus ideas acerca de literatura y de arte en el más amplio sentido de la palabra, como lo hicieron sus antepasados, cuando el país entero, a decir de Manuel Mora Serrano, era una tertulia, los historiadores  Alejandro Paulino y Miguel Holguín y los poetas (entiéndase la palabra poeta como sinónimo de novelista, dramaturgo, cuentista, etcétera) Noel Hidalgo y Edwin Disla decidieron formar una peña literaria. Esta peña les serviría además para romper el anillo aislante tendido por la oligarquía cultural criolla alrededor de los escritores ignorados por el Estado.

En un principio, los contertulios se reunían los fines de semana en la Plaza Omar Torrijos del malecón, luego en una de sus casas y finalmente en la cafetería El Conde o Palacio de la Esquizofrenia. En cada uno de estos lugares analizaban sus inquietudes culturales, el qué hacer artístico y los pasajes de sus trabajos inéditos o publicados, ya sean las biografías escritas por Miguel Holguín como la titulada Elila Mena, el drama de su vida (1983) o Eduardo Brito—Antonio Mesa (1988) o Julio Alberto Hernández (1990)... Ya sean los ensayos de Alejandro Paulino como Las ideas marxistas en República Dominicana (1985) o Vida y obra de Ercilia Pepín (1989), ganadora del primer premio del concurso patrocinado por la Fundación Consuelo Pepín… Ya sean las novelas de Edwin Disla conocidas como Un período de sombras (1993), Vida de un tormento (1997) y El universo de los poetas muertos (2004)… . (Noel Hidalgo sería el único que no leería sus trabajos, y olvidando su vocación poética, podría más interés en la de activista cultural.)
Adicional a estos textos, analizaban también los publicados por los amigos de la peña y después los invitaban a deliberar las conclusiones. Uno de los libros fue Laberinto(1998) de Mélida García. Esta excelente escritora y catedrática universitaria fallecida ya, nacida en Cotuí, se propuso, a través de Laberinto, narrar en primera persona una novela que le resultaría imposible porque los personajes se le rebelarían y no aceptarían el devenir de sus existencias en la ficción. A la negativa de los rebeldes se le añadiría la de la propia autora en buscar nuevos protagonistas. “Quizás lo que más me convendría sería desligarme de estos personajes y crear otros más dúctiles. Pero no. Esto sería también admitir que he sido derrotado por estos”…(P.28). Con la publicación de Laberinto, Mélida García se convirtió en la única narradora dominicana en incursionar en ese tipo de novela experimentalista.
El siguiente trabajo leído fue Residuos de sombra (1997) de Rafael Peralta Romero, escritor nacido en Miches, ganador del premio “El barco de vapor” de novela infantil en el 2009 con la obra De cómo uto pía encontró a Tarzán. Residuos de sombra es una novela compuesta por catorce capítulos relatados en tercera persona, de forma omnisciente, que reflejan los efectos posteriores de la tiranía de Trujillo. Al autor no le interesó circunscribirse estrictamente a la historia, razón por la cual le cambió los nombres a tres de los personajes esenciales: Trujillo, Balaguer y Ramfis, a quienes llamó respectivamente Generalísimo del Averno, el Doctor Baralt y el Príncipe Tenebroso. Los dos últimos mantuvieron por breve tiempo el control del Estado pos trujillista e intentaron infructuosamente dirigir la sociedad dominicana herida por sus muertos del pasado dictatorial y feliz a la vez por la desaparición de él. Peralta Romero con un lenguaje llano y a veces coloquial, logra describir con sutiliza y maestría este apasionante período de la historia.
La tercera obra analizada fue Serenata (1998) de Manuel Salvador (Doi) Gautier, oriundo de Santo Domingo; sin duda uno de los más importantes fabuladores dominicanos de finales del siglo XX, ganador del premio nacional de novela en 1994 con la obra Tiempo para héroes y en 1996 con Toda la vida. En Serenata, inspirada en el epistolario de la familia Henríquez Ureña, Gautier, igual que Faulkner en Mientras agonizo, utiliza una estrategia narrativa múltiple: varios personajes cuentan la historia y se alternan mudas espaciales y temporales. Para Doi es su mejor trabajo y posiblemente así sea desde el punto de vista técnico. Fue escogida por la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM), la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) y la Universidad Iberoamericana para ser leída por los estudiantes en sus cursos de literatura. El personaje principal de la novela es Francisco Henríquez y Carvajal, abogado, doctor en medicina y cirugía y destacado político que llegó a ser presidente de la república en 1916.  Henríquez y Carvajal es llamado Cundo en la obra, esposo de la venerada poetiza Salomé Ureña. Huelga decir que ambos, al procrear a Pedro, a Max y a Camila, conformaron la familia más distinguida de la cultura nacional. En la obra, sin embargo, Doi presenta a un Francisco Henríquez y Carvajal tras un prisma cuya totalidad de los rayos incidentes reflejan negatividad, característica difícil de creer desde el punto de vista de la verosimilitud de la novela. En ella Cundo siempre anda cometiendo infidelidades, incluso cuando era secretario personal del presidente y fue de viaje a tratar de pacificar a un caudillo levantisco se acuesta con una criada; y cuando fue a estudiar medicina a París, desentendiéndose económicamente de la familia, vivió con la hija de la dueña de la pensión hospedaje. La francesa le daría a luz un hijo. Pero lo impensable el lector lo lee en las páginas 66 y 67: Cundo se masturbaba pensando en su universo femenino compuesto no sólo por Salomé sino también por su hermana, Carmita, la vecina casada, la soltera, la sirvienta y la vendedora de la calle. Y para colmar el estupor de la peña, un día Salomé Ureña lo encontró nada más y nada menos que en la misma oficina, donde la poetiza casi se desmaya. ¡Y Cundo para mortificarla continuó masturbándose delante de ella!... En otras palabras, además de infiel impenitente e irresponsable con su familia, Francisco Henríquez y Carvajal era un depravado sexual.
Para la peña estos pasajes aunque bien podrían estar en el epistolario de la familia Henríquez Ureña, en nada ayudaban a la novela; por el contrario, le restaban y mucho. Y a pesar de que por un lado dudaban si Doi la escribió motivado por algún resentimiento familiar contra Cundo, por el otro estaban seguro que Serenara le causaría problemas futuros. En efecto, sectores culturales de las viejas generaciones que veían a Salomé Ureña como una inmaculada Virgen de la Altagracia de la poesía y de la patria, tal y como se lo habían enseñado en las escuelas y ellos se lo habían trasmitido a las generaciones posteriores, empezaron por lo bajo a cuestionar el trabajo y la conducta de Salvador Gautier; pero la reacción más radical vino de los descendientes de Cundo, específicamente de su sobrino-nieto, el reconocido historiador y luchador antitrujillista Chito Henríquez. Éste convirtió su legendaria tertulia en El Palacio de la Esquizofrenia en una especie de frente contra Doi, y aseguró a voz en cuello que donde lo encuentre le dará una paliza por calumniador. Nadie lo tomó en serio porque Chito era un  octogenario enfermo, hasta que una noche la peña fue a la Casa del Poeta en la Atarazana a la presentación de una antología de César Zapata financiada por el Ministerio de Cultura. En el lugar Edwin Disla conversó con Doi acerca de las actualidades literarias mientras desde el otro extremo, Chito Henríquez le lanzaba insultos a media voz. Como en la Casa del Poeta no había luz se trasladaron al Palacio de la Esquizofrenia, donde unieron varias mesas antes de sentarse. Doi, al lado de Edwin Disla, continuó la conversación. En el momento menos esperado apareció Chito Henríquez y le apretó el antebrazo a Disla reclamándole a viva voz que dónde estaba Gautier (en realidad utilizó otras palabras impublicables). Disla, más que impresionado, asustado, se viró, y para su alivio y satisfacción ya Doi se había ido. A Chito no supo qué responderle. Él volvió a despotricar contra Gautier y aseguró, de nuevo, que donde lo encuentre le dará su merecido por calumniador. Por fortuna nada de lo que prometió ocurrió, sólo que Chito y las viejas generaciones siguieron cuestionando la obra…
En otro orden, a la peña se les unieron Rafael Peralta Romero y el historiador Dante Ortiz, quienes les dieron un matiz más diverso a los temas  tratados y fortalecieron lo que decía el grupo, parodiando a Emilio Rodríguez Demorizi y a su famosa obra La Tertulia de los Solterones (1975), que los poetas historiadores nada tenían que ver con esa obra porque ni eran solteros ni el amor al estudio, a las letras y a las ciencias les absorbía el tiempo dedicado a las mujeres como a Joaquín Balaguer. Por iniciativa de Alejandro Paulino comenzaron a reunirse con reconocidos intelectuales con la finalidad de esclarecer y valorizar las ideas discutidas, lo que multiplicaría el entusiasmo colectivo, pensando siempre en el futuro literario del país, en su identidad, emancipación e integridad artística. Los principales escritores contactados fueron Mariano Lebrón Saviñón, Manuel Mora Serrano, Clodomiro Moquete y Roberto Cassá.
En raras ocasiones se reunían con periodistas ofendidos como sucedió en el verano del 98 tras Alejandro Paulino desvalorizar públicamente unas consideraciones de Juan José Ayuso sobre la identidad nacional. La peña se junto con el comunicador social en la Plaza Omar Torrijos, donde  Alejandro Paulino y Juan José Ayuso zanjaron las diferencias y entablaron una amistad que aún hoy perdura.
En esa época, Miguel Holguín, el más prolifero de los contertulios, Alejandro Paulino, Rafael Peralta Romero y Edwin Disla, gracias a la calidad de sus obras, adquirieron más prestigio literario en el país. Por efecto de él,  Miguel Holguín fue nombrado Subdirector del Archivo General de la Nación en el primer gobierno de Leonel Fernández; Rafael Peralta Romero, Subdirector de Prensa de la presidencia de Hipólito Mejía; Alejandro Paulino, Director de Investigación y Divulgación del Archivo General de la Nación en el tercer período de gobierno de Leonel Fernández, y Edwin Disla ganó en el 2008 el premio nacional de novela con la obra Manolo. Estos logros le trasmitieron una mayor autoridad cultural a los poetas historiadores. 
Ellos difundían parte de sus reflexiones a través de la revista cultural Vetas, dirigida por Clodomiro Moquete, quien le cedió una sección a Alejandro Paulino llamada Pasado por agua. Vetas, rechazada en sus inicios por la oligarquía cultural criolla, llegaría a convertirse en el único órgano de los escritores marginados.
Por causas adversas, los poetas historiadores se fueron disgregando: Miguel Holguín falleció premonitoriamente en el 2007; Noel Hidalgo se sumergió en un ostracismo voluntario; Dante Ortiz tuvo diferencias con miembros de la peña y Rafael Peralta Romero se integró a otros círculos literarios. Únicamente Alejandro Paulino y Edwin Disla continúan reuniéndose los sábados en la mañana en El Palacio de la Esquizofrenia, a donde se les unieron a antiguos integrantes de la tertulia del ya fenecido Chito Henríquez, entre otros intelectuales, educadores y profesionales reconocidos, la mayoría, participantes de los más importantes acontecimientos políticos recientes,  tema preferido de ellos. Es decir le están dado un giro histórico-político al encuentro, dejando de lado a la literatura y al debate artístico pese a los esfuerzo de Edwin Disla quien llevó en dos ocasiones al poeta Mateo Morrison, premio nacional de literatura 2010. Esta es precisamente la característica de las contadas peñas que todavía existen, volviendo a evocar las expresiones nostálgicas de Manuel Mora Serrano: están olvidando la auténtica cultura, la que se vivía y se hacía cotidianamente, que era la cultura del pueblo.

Edwin Disla, 30 de agosto del 2009. El autor es premio nacional de novela del año 2007

 

 

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