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El Paladión, Cuna de los Cultores del Trujillismo

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Tras leer los dos tomos de El Paladión: de la ocupación norteamericana a la dictadura de Trujillo compilados por Alejandro Paulino y editados por el Archivo General de la Nación (2010), me llamó la atención la trascendencia y claudicación de El Paladión como organización artística y cultural y a la vez su poca difusión histórica.

    Cuando los futuros paladionistas empezaron a dar muestra de inquietudes intelectuales, República Dominicana, ajusticiado ya el dictador Ulises Heureaux en 1899, vivía su etapa precapitalista caracterizada por la lucha interoligarca debido a la ausencia en el gobierno de una burguesía nacional que mantuviera una dictadura constante sobre los sectores no burgueses. Este desorden político-militar impedía el desarrollo del capital norteamericano, especialmente el de la producción y comercialización del azúcar, una de las causas de la invasión de Estados Unidos en 1916, a partir de la cual convirtió la nación en una colonia azucarera regida por la censura cultural. (Nota: los datos históricos acerca de El Paladión, aportados aquí, fueron tomados del libro de Alejandro Paulino El Paladión: de la ocupación norteamericana a la dictadura de Trujillo, por lo que no nos detendremos a citar).    Los futuros paladionistas publicaban sus inquietudes en la revista La cuna de América, la más importante en ese momento en que la luz de lejos, al decir del poeta Domingo Moreno Jimenes (refiriéndose al movimiento literario internacional), tardaba mucho en llegar. El modernismo de Rubén Darío ejercía una influencia determinante en los escritores en ciernes y a nivel académico, el positivismo de Eugenio María de Hostos, luego las ideas del uruguayo José Enrique Rodó, las del argentino José Ingeniero, las del peruano Víctor Raúl Haya de la Torre, las del mexicano José Vasconcelos y en menor escala, las del judío-alemán Carlos Marx.

   La irrupción de Estados Unidos avispó el nacionalismo criollo, sobre todo el de los pequeños burgueses con acceso a la cultura como los futuros paladionistas integrados en parte en la Sociedad Recreativa 8 de Febrero, que era uno de los gremios donde manifestaban sus ideas progresistas, liberales, resumidas en la eliminación de la lucha caudillista partidista y el subsiguiente paso de la oligarquía a burguesía. Ellos decidieron constituirse en agrupación cultural el 24 de noviembre de 1917 y adoptaron por nombre El Paladión porque recordaba la estatua de Palas, de cuya conservación dependía la suerte de Troya, según les sugirió el poeta Vigil Díaz, creador de un pseudomovimiento llamado Vedrinismo. La agrupación la lideró Carlos Sánchez y Sánchez, seguido por Francisco Prats-Ramírez (Panchito) y Rafael Paíno Pichardo, entre otros. Después se les unieron Virgilio Díaz Ordóñez, el español Juan José Llovet, el poeta postumista Rafael Andrés Brenes, Armando Oscar Pacheco y Manuel A. Amiama (Cundo).

   Ellos se reunían en las tardes en un local de la calle Duarte esquina Padre Billini, donde discutían de literatura, amor, política, sociología, historia y ciencias. Sus puntos de vistas los dieron a conocer a través de la revista Blanco y Negro en una sección titulada Tardes del paladión. También organizaron conferencias, recitales y concursos literarios, completando así sus objetivos de difundir el arte y la cultura para combatir la censura imperial. Esta lucha por la soberanía del país condujo a Francisco Prats-Ramírez a la cárcel, lo mismo que a otros intelectuales como el historiador Américo Lugo, el poeta Fabio Fiallo, a quien pasearon por las calles de Santo Domingo vistiendo el uniforme rayado de preso, hecho que le multiplicaría su honra y dignidad y al narrador Federico García Godoy le prohibieron publicar la novela histórica El derrumbe porque desenmascaraba a los interventores y denunciaba las torturas que le infligieron al patriota Cayo Báez. Los paladionistas en unos de sus trabajos afirmaron: “Los años de la dolorosa ocupación militar templaron nuestro espíritu juvenil y moral, intelectual y materialmente contribuimos a toda campaña que persiguiera la liberación de la República, sin reservas mentales, sin poner límites teóricos a la acción necesaria”. 

       Max Henríquez Ureña en su Panorama de la literatura dominicana (1965), consideró a El Paladión, el primer movimiento cultural de importancia en el nuevo siglo, y otros analistas lo colocaron junto a los postumistas como parte de las instituciones literarias de entonces, lo cual ha generado confusiones porque en esencia son dos movimientos diferentes. El postumismo, nacido en 1921 y fundado por Domingo Moreno Jimenes, es la primera escuela poética vanguardista dominicana que revoluciona la lírica vernácula validando lo autóctono, dejando de lado la métrica y las palabras exóticas, tan utilizadas por las escuelas foráneas. Moreno Jimenes ejemplariza esta concepción en el libro Psalmos publicado en 1921, con el que además, al mostrar las raíces del pueblo, implícitamente combate la cultura del invasor. En cambio los paladionistas son contertulios nacionalistas, promotores culturales, escritores algunos, artistas plásticos otros, músicos los menos y políticos pensadores los restantes, de ideas sociológicas y literarias diversas. El escritor más importante de ellos sería Virgilio Díaz Ordóñez, padre del también intelectual Virgilio Díaz Grullón. Aquél es considerado por Mariano Lebrón Saviñón, el más alto poeta de su generación y la más recia personalidad del modernismo dominicano. Ganó múltiples premios literarios y publicó seis libros de versos, el primero de los cuales en 1925, lo tituló Los nocturnos del olvido, y en 1947 la novela Archipiélago y en 1969 el ensayo Jerónimo, biografía de una muerte. A Díaz Ordóñez le siguió en importancia Oscar Armando Pacheco, poeta también modernista. Incursionó en el drama, la novela, el ensayo y ganó el Premio Nacional de Literatura en 1960 con la novela El hombre de los pies de agua. Finalmente a Armando Pacheco le siguió Manuel A. Amiama, mentor de Ramón Marrero Aristy y autor de las conocidas novelas El Viaje (1940) y El Terrateniente (1970).
     
       Después de la salida de las tropas norteamericanas en 1924 y el advenimiento del gobierno civil de Horacio Vásquez, El Paladión continuó con su labor cultural tratando de no politizar el arte y tampoco sucumbir ante la competencia y atomización como las demás sociedades producto del resurgimiento de las libertades de expresión, comunicación y difusión del pensamiento. En los trabajos reflejaban el avance de sus ideas según observamos en las de Francisco Prats-Ramírez para quien la democracia era una farsa, no existía en los países donde la gran mayoría de la población era analfabeta (como era la del continente en esos años, aclaro yo E.D). Y sintetiza en la palabra renovación la sublime intranquilidad de la época, con sus justísimo anhelos de evolución social (…). Respecto a las luchas de liberación, se solidariza con la del pueblo de Nicaragua ocupado por las tropas norteamericanas y se pregunta: “¿Cuántos Cayo Báez sufrirán en Nicaragua ‘pueblo salvaje’, las torturas que imponen los ‘civilizados’ del Norte?” E influenciado por el marxismo plantea que la juventud renovadora es obrerista y estudia los problemas y necesidades del proletariado. Sobre este parecer, el ruso Aron Kohaz, asistente a la tertulia en abril de 1925, expresa, con razón, que en República Dominicana los problemas sociales derivados del capitalismo no existen (el capitalismo vendría a desarrollarlo Trujillo y para su propio beneficio, aclaro yo, E.D), pero los paladionistas insisten en lo contrario: aunque en la forma ciertos elementos se creen erróneamente obreros y confunden el sindicato defensivo con el gremio corporativo.

     Los paladionistas, unidos a los intelectuales más sobresalientes, miopes políticamente, apoyaron el 23 de febrero de 1930, un golpe de Estado encabezado por el Movimiento Cívico liderado por arriba por Rafael Estrella Ureña pero comandando por abajo por el jefe del ejército Rafael Leonidas Trujillo. Éste, para concretizar la asonada, se aprovechó tanto de la impopular maniobra inconstitucional de Horacio Vásquez prolongar su período por dos años y luego reelegirse, como de la crisis mundial de 1929. El poeta Tomás Hernández Franco, autor de Yelidá (1942), uno de los más celebrados poemas nacionales, consideró el golpe de Estado La revolución más bella de América, título homónimo de su texto editado en 1930. Ciertamente él y sus colegas creían que Rafael Estrella Ureña sería capaz de reformar y modernizar la sociedad instaurando un régimen burgués. Pero cayeron de rodillas, estupefactos, cuando al poco tiempo Trujillo tomó el poder y, blandiendo su tridente de demonio, asesinó por doquier a opositores indefensos junto a sus empleados y amigos.

   Los paladionistas, al verse de repente impedidos de actuar al margen de la nueva dominación gubernamental, determinaron combatirla solapadamente fusionándose con otras entidades literarias como Plus-Ultra y la Juventud Universitaria, con las cuales fundaron la independiente Acción Cultural. De ella resultaría presidente Manuel Arturo Peña Batlle y el tristemente célebre Joaquín Balaguer, vocal. Sin embargo la resistencia sería ineficaz, transparente, porque ellos ya carecían del valor suficiente para sostenerla cual Américo Lugo. Por esta razón, genuflexos, claudicaron y se integraron como ningún otro ciudadano al despotismo más malvado y cruel que ha conocido no sólo la historia de República Dominicana sino la del resto del continente. O sea que, reconociéndoles sus invaluables aportes al desarrollo de la cultura nacional, los paladionistas demostraron una dignidad, una ética, unas simpatías hacia el marxismo, unas luchas contra los poderosos…, en fin, unos ideales radicales en defensa de los oprimidos que eran más bien quimeras propias de la juventud pequeña burguesa del momento. Como bien expresó Juan Isidro Jimenes Grullón, pudiendo hacer algo por el pueblo, perdieron el tiempo en sueños y teorías y lo dejaron postrado en la semibarbarie.

   Los más connotados trujillistas de la organización fueron:
1) Carlos Sánchez y Sánchez, quien formó parte de la directiva La Sociedad pro Arte Nacional, cuyo fin era cooperar intensamente con el generalísimo. Fue Secretario de Interior y Trabajo, Secretario de Economía, rector de la universidad y diplomático, principalmente en los puntos de vistas de las crisis dominico-haitianas y escribió el ensayo Doctrina del presidente Trujillo;

2) Rafael Paíno Pichardo, fue uno de los más conspicuos colaboradores del déspota; ocupó varias veces la Secretaria de la Presidencia, gerenció algunas de las empresas del Jefe y participó con él en decenas de orgías;

3) Francisco Prats-Ramírez, fue otro conspicuo colaborador de Trujillo; miembro, desde su fundación en 1931, de la Junta Central Directiva del Partido Dominicano, del que sería presidente; presidente también de la Federación Dominicana de Trabajo, a través de la cual organizó “congresos” de obreros para destacar las obras del Jefe; diputado, director de El Caribe y escritor ocasional de la sección de denuncias públicas y chismes el Foro Público, que tanto daño le hizo a la ciudadanía;
4) Virgilio Díaz Ordóñez, fue Consultor Jurídico del Poder Ejecutivo, Secretario de Justicia, rector de la universidad, embajador en Norteamérica y ante la OEA;

5) Armando Oscar Pacheco, fue activista del Partido Dominicano, senador de la República, diplomático y escribió el ensayo La obra educativa de Trujillo; y

6) Manuel A. Amiama, fue Juez de la Suprema Corte de Justicia, director de La Nación, Consultor Jurídico del Poder Ejecutivo, y en 1960, como miembro del “jurado” del Premio Generalísimo eligió al propio Trujillo ganador del concurso con el texto (quizás escrito por los mismos “jurados”) Fundamentos y políticas de un régimen. 

    Y de los que compartieron Acción Cultural, Manuel Arturo Peña Batlle, gracias a su indudable talento como pensador e historiador concibió con éxito los cimientos ideológicos antihaitianos y prohispanófilos del trujillismo, de ahí que se le considere el intelectual por antonomasia de la dictadura. Esta corriente peñabatllista fue seguida con fanatismo por el vocal de Acción Cultura, Joaquín Balaguer, fabulador político de la historia, autor de la apología El pensamiento vivo de Trujillo (1955), poeta menor y uno de los más fieles colaboradores del déspota hasta el extremo de servirle como  “presidente” de la República en el momento más crítico del gobierno. Heredó el Partido Dominicano, del cual gestaría el Reformista e institucionaría como norma de gobernar en los doce años de su mandato (1966-1978) la corrupción administrativa y el crimen político.

       En síntesis, El Paladión, de ser una organización literaria nacionalista, antiimperialista, de ideas avanzadas, se convirtió en la cuna de los cultores de la dictadura, pues ayudaron apasionadamente, junto a Peña Batlle y a Balaguer, a crear las bases culturales que la sostuvieron por 31 años y las construyeron con un concreto de tanta calidad que aún hoy permanecen erigidas para desgracia del pueblo dominicano.

     No obstante, a buena hora llegan los dos tomos de El Paladión: de la ocupación militar norteamericana a la dictadura de Trujillo porque rescatan pasajes olvidados y pocos comentados de nuestra historia. A estos dos tomos, números 127 y 128, se les suman 7 titulados Colección Juvenil, 3 Colección Cuadernos Populares y 17 Boletines que forman parte del importantísimo trabajo educativo que a través del archivo está realizando el actual gobierno de Leonel Fernández.

Edwin Disla, 3 de marzo del 2011.
El autor es Premio Nacional de Novela 2007.

NOTA ACLARATORIA DE ALEJANDRO PAULINO R.,  EDITOR DE historiadominicana.com.do y autor del libro comentado por Edwin Disla.

Como el novelista Edwin Disla, autor del ensayo "EL PALADIÓN, CUNA DE LOS CULTORES DEL TRUJILLISMO" me pidió una opinión acerca de lo planteado en este, quiero aportar de entrada lo siguiente: El enfoque de Edwin Disla acerca de la participación de muchos que fueron miembros de El Paladión como funcionarios e ideólogos de la dictadura de Trujillo, puede ser válido, pero creo que comete un error al referirse a:    “la trascendencia y claudicación de El Paladión como organización artística y cultural”. El Paladión no claudicó, desapareció en 1931 para fusionarse con otras organizaciones que constituyeron la Acción Cultural. En esta última los intelectuales que no estaban con la dictadura intentaron resistir pero muy pronto terminaron siendo desplazados por los trujillistas, entre ellos Joaquín Balaguer. Con el tiempo, especialmente a partir de 1934, muchos que antes fueron paladionistas, no todos, se integraron a la dictadura. Hasta pruebas que demuestren lo contrario, sigo creyendo que El Paladión, como institución político-cultural, no fue trujillista.

 

 

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