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El debate sobre la Puerta del Conde: Iconografía para su historia

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Por:  Alejandro Paulino Ramos

La restauración de la Puerta del Conde y de las estructuras anexas que forman parte del Parque Independencia está en proceso. Junto a la iniciativa oficial, que apunta al rescate de de este simbólico monumento, se está desarrollando en los medios de prensa y en las redes sociales, un debate que se enfoca en el valor histórico de aquella puerta centenaria,  entrada que lo fue desde mediados del siglo XVIII de la  colonial ciudad de Santo Domingo. Opiniones encontradas aparecen desde el miércoles en los principales periódicos, medios informativos digitales, en Twitter y Facebook. Unos reclaman el  respeto a la originalidad y la obligación de conservar la pureza de lo que el baluarte simboliza y consideran la reparación como irrespeto a los Padres de la Patria: un gran disparate, una infamia, un atentado que amenaza con hacer desaparecer un pedazo de nuestra historia. 

Del lado del sector oficial, responsables de la reconstrucción de la Puerta del Conde, se defiende la intervención en aquel monumento explicando que se está pañetando y ejecutando otras labores de restauración para evitar el deterioro progresivo de la misma, dándole mayor protección a la superficie del monumento y devolviendo al Altar de la Patria su aspecto de monumento envejecido, aproximándolo “a su diseño original”.

En la discusión, a la que todos estamos atentos, sale beneficiado el baluarte del Conde, además de otras edificaciones que podrían en algún momento y por las mismas razones, ser intervenidas.  Eso obliga a las autoridades a ser más cuidadosa al momento de tomar decisiones, pero estarán obligadas a encabezar iniciativas que tiendan a la preservación del patrimonio monumental, haciéndolo bien y tomando en cuenta la opinión de los especialistas y el sentir de la ciudadanía, cumpliendo con su responsabilidad y sin temor a las críticas.

El problema no descansa en una cantidad de pañetes más o un pedazo de pañete menos. Eso no propiciará que nos quedemos sin Patria, tampoco la salvación o la perdida de los monumentos coloniales;  por lo tanto, una y otra posición puede ser entendida y discutida.

Nos debe preocupar el uso que desde hace décadas se ha querido dar a muchas edificaciones históricas de las que están enclavadas en la zona colonial: pongo de ejemplo la forma en que hace unos diez años el fuerte San Gil en el Malecón, al lado del obelisco “hembra”, fue privatizado y  convertido en un restaurante que dificultaba el acceso de los dominicanos para el disfrute de este patrimonio, o el uso que se pretendió dar a la casa en que nació el patricio Ramón Matías Mella, queriendo convertirla en un centro comercial de dudosa reputación, relacionado con la prostitución homosexual. También nos debe preocupar, y esto sí es serio, la perdida de la identidad, la falta de respeto a los símbolos patrios, la falta de interés en conocer nuestra historia, creerse que somos americanos o europeos y ver con desprecio a los humildes;  la falta de una educación que incentive el amor a lo propio y que nos ayude a consolidar y recuperar lo que somos como pueblo. Más que la restauración de un edificio tenemos que poner el corazón y la conciencia en la restauración de la dominicanidad.

En el debate que estamos comentando se habla de historia, originalidad, simbología patriótica de la Puerta del Conde y la pregunta obligada: ¿hasta dónde tienen razón unos y otros? Leyendo a Fray Cipriano de Utrera, Luis Alemar, Bernardo Pichardo, Moscoso Puello encontramos que la Puerta del Conde fue construida por iniciativa del Conde de Peñalva, Bernardino de Meneses Bracamonte y Zapata, quien dirigió en 1655 la victoria de Santo Domingo contra la presencia inglesa y fue por esta razón que la histórica entrada de piedras, abierta en el baluarte de San Genaro,  fue bautizada como Puerta del Conde.

A lo largo de la historia esta puerta ha sido conocida con diferentes denominaciones: Fuerte de San Genaro, Baluarte del Conde, baluarte 27 de Febrero, Puerta del Conde.  Su piso es de piedras talladas por el Coronel Rimundo Ortega y  la parte de madera caoba que cerraba el paso a horas determinadas, para evitar la entrada o salida de personas, fueron desprendidas por disposición de Abelardo Nanita, Presidente del Ayuntamiento y llevada en 1891 al Palacio Municipal y luego durante la dictadura de Trujillo al Museo Nacional. Hoy se encuentra en uno de los salones del Museo de las Casas Reales. En 1891 se colocó en la parte frontal del monumento la inscripción que dice: " Dulce el decorum est pro patria mori" y en casetas laterales funcionó por un tiempo la escuela La Trinitaria.

La histórica edificación en que por primera vez floto la bandera nacional, el 27 de febrero de 1844, fue declarada Monumento Nacional por medio de la Ley No. 932 del 26 de junio de 1935 y destinada para que sirviera de altar de la Patria por la Ley No. 1185, el 10 de octubre de 1936. Consagrada como tumba definitiva de los Padres de la Patria, mediante Ley No. 237, del 25 de marzo de 1943. Durante los doce años de gobierno del doctor Joaquín Balaguer  los restos de los patricios fueron trasladados al panteón construido bajo la dirección del arquitecto Cristian Martínez, quien ahora está dirigiendo la remodelación de la Puerta del Conde, en febrero de 1976.

Regresando al tema que motivó este escrito, es saludable para la permanencia de nuestra Patria y su patrimonio cultural, el interés mostrado por la juventud dominicana atenta a su historia, soberanía, identidad, consolidación, independencia. Atenta a lo heredado que ahora simboliza la fuerza que motiva el deseo y necesidad de seguir siendo dominicanos, y entre esos símbolos ocupa un lugar cimero la Puerta del Conde; pero ella no siempre fue como hasta hace algunos meses la podíamos ver, ni la calle del Conde fue peatonal. El tiempo, las acciones han ido cambiando el perfil urbano de la ciudad colonial. Es suficiente recordar que la calle el fue camino fangoso de recuas que entraban por la puerta de piedras para llevar sus frutos hasta el mercado que por mucho tiempo estuvo en lo que hoy es la plaza España, y que en otros tiempos esa calle estaba surcada por rieles por los que transitaba el tranvía movido por fuerza animal, y décadas después por vehículos de motor que pasaban por la misma puerta a que hacemos referencia, para dirigirse al Cibao y a la región Sur.

Los tiempos cambian y la puerta también ha cambiado agarrada de la historia del pueblo dominicano:  al momento de la proclamación de la independencia en 1844, como está señalado en una imagen publicada en un periódico de 1890, el baluarte parece estar pañetado, y tiene puertas y ventanas, además que se parece muy poco a la puerta que tenemos hoy.  A finales del siglo XIX se ve abandonada y no parecen visibles las piedras con las que se construyó el monumento; se ve con claridad los corrales en que eran introducidos animales y el parque, y ella misma, luce abandonado. 

Restaurada posiblemente durante el gobierno de Ramón Cáceres 1906-1911, la puerta del Conde tiene otro aspecto, con casetas construidas en ambos lados y con un diseño muy alejado del que conocemos hoy. También se nota que durante la intervención americana que va de 1916 a 1924, el baluarte sufrió algunas modificaciones y es visible el pañete, por lo menos para la parte que da hacia la calle del Conde. En cuanto a la forma que presentaba durante los treinta años de dictadura, se pueden apreciar en las fotos tres momentos: uno en que se notan las piedras talladas y el monumento intervenido, pues ya no hay casetas a los lados de la puerta; otra mientras  las hiedras  comienzan a ocupar toda la parte frontal, y años después se nota que ya los arbustos cubren la totalidad de la edificación.  Después de la muerte de Trujillo la edificación se ve igual, y es después de la revolución de abril que se hace la modificación que da la apariencia a la que disfrutábamos a estos días, en que las piedras talladas sobresalían  mostrando la antigüedad de la estructura construida en el siglo XVIII. 

Los dominicanos  no podemos sentir preocupación ante la iniciativa de las autoridades responsables de intervenir la edificación colonial, con el objetivo de evitar el deterioro de su estructura; ese es su deber.  Sí debemos estar atentos a que nuestros monumentos no se dejen en el olvido, evitar que manos inescrupulosas los  destruyan, o los usen en beneficios propios o en usos indebidos, cuando en verdad son patrimonios de todos los dominicanos.   La restauración, si se hace bien  y es para preservar el patrimonio monumental,  tiene que ser apoyada; peor sería ver los trozos de piedras talladas rodando, esparcidos por  las calles aleñadas;  entonces sí que se estaría perdiendo la historia y sería un irrespeto a nuestros antepasados. La Patria, cuando se lleva enraizada en el alma, no desaparece porque se coloque un pañete a un edificio; si fuera así, hace tiempo que habríamos dejado de ser dominicanos.

 

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