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Eliades Acosta escribe sobre los archivos de Trujillo depositados en el Fondo Presidencia del AGN

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"EL OTRO NOMBRE DE LA POESÍA"

("El otro nombre de la Poesía": Este ensayo del historiador cubano Eliades Acosta Matos, apareció originalmente en la sección "Lecturas", periódico Diario Libre, 14 enero 2012. En él aparecen, entre realidad y ficción, detalles interesantes de la época de Trujillo acerca del Archivo del Palacio Nacional,  y que ahora se encuentra organizado y a disposición del público en el  Archivo General de la Nación como Fondo Presidencia. Acosta Matos es investigador del AGN).

"En quince archivadores metálicos, perfectamente dispuestos y con sus gavetas repletas de fichas sujetas por guías de acero, el Jefe guarda el nombre de cada uno de sus corresponsales nacionales y extranjeros. Mejor dicho, sus nombres, no las cartas enviadas o recibidas por ellos. Hágase usted la idea de cuántos nombres están allí registrados, si le digo que cada archivador tiene seis gavetas grandes, y en cada una de ellas se apretujan miles de fichas de cartulina de colores: rojo para los enemigos, blanco para los amigos, gris para los desconocidos o indiferentes. ¿Quién duda que el Generalísimo es, no solo el orden en persona, sino, y sobre todo, un inspirado poeta?

Cada una de esas fichas consigna un nombre, al que se otorga un número. Este último remite a otros archivos, donde en enormes estantes que llenan todo un piso de Palacio, se apilan cajas y legajos, bultos de documentos que contienen las cartas aludidas. El Benefactor no permite que se bote nada, ni siquiera el menor pedacito de papel, ni el más corriente de los sobres, ni un sello antes marcado en las estafetas de cualquier país del mundo. Toda comunicación que se le dirige, o cada carta que dicta entra, por derecho propio, a este enorme laberinto de las pasiones humanas que es la colección de su correspondencia personal. Aquí cualquier afortunado investigador del futuro podría hallar respuesta a enigmas históricos, hasta ahora insolubles, como por ejemplo, quién brindó y cómo se organizó el apoyo aéreo decisivo para que el año pasado la CIA sacase del poder al coronel Jacobo Arbenz, Presidente de Guatemala, o con qué apoyo monetario y logístico se pudo conspirar en Daytona Beach, Florida, para que Fulgencio Batista, general cobarde, se atreviese a regresar a Cuba y dar el golpe de estado del 10 de marzo de 1952.

Pero eso no ocurrirá, porque este ejemplar gobernante que ha organizado para su provecho este templo de papel, escrupulosamente organizado, numerado y etiquetado, lo ha hecho para su propia grandeza, o sea, para ampliar y asegurar su poder benéfico, no para alimentar esas tonterías de las investigaciones históricas. De hecho, y aquí entre nosotros, nada le importa la Historia a quien es su amo, el único con derecho a tener su timón entre las manos, y llevarla de aquí para allá, cumpliendo su voluntad y sus planes, como si se tratase de una yunta de bueyes dóciles y cansinos.

Claro que no todas las cartas recibidas o enviadas versan estrictamente sobre temas políticos, ni solo contienen, como la mayoría, confidencias, peticiones, ruegos, amenazas, claudicaciones, desafíos, alabanzas, maldiciones, profecías, planes, propuestas de negocios y súplicas. Hay también cartas de amor, versos de mal gusto y ofertas de alcoba, pero esas van a parar a unas cajas aparte, que antes fueron pintadas de rosado, por orden expresa de Su Alta Previsión. Ya ve: me dará Usted la razón de que estamos ante la afortunada encarnación de un gran poeta.

Tomemos al azar una de estas fichas, por ejemplo, esta de fondo blanco en la que se anota un nombre: "Pedro Troncoso Sánchez, Presidente del Instituto Dominicano de Cultura Hispánica", al que se ha asignado el número 18 457. Vayamos ahora por estos pasillos de Palacio en busca de los estantes repletos de documentos, saludemos a los guardias que cuidan la entrada del depósito, y pidamos al solícito empleado, un atildado viejito de guardapolvo impecable y espejuelos de cristales verdes, que nos localice los legajos correspondientes al número 18 457. Mientras esperamos, mire Usted la robustez de estos estantes de cedro, la alineación perfecta de cada caja, la ausencia de polvo, y me dará la razón si le digo que cada archivo se parece más a su dueño que su perro o su esposa de muchos años.

Ya tenemos ante nosotros un abultado legajo. Veamos, por ejemplo, esta carta del 19 de noviembre de 1954, enviada por Pedro Troncoso Sánchez, todavía Rector de la Universidad de Santo Domingo, al entonces Presidente, el general Héctor Bienvenido Trujillo, el Hermanísimo que de vez en cuando le cuidaba la silla al Jefe, mientras este viajaba, se dedicaba a comprar vacas y caballos, o a los objetos galantes de su desaforada satiriasis, macho cumplido que es. En ella le informaba sobre la primera reunión de la Junta Directiva del recién nacido Instituto Dominicano de Cultura Hispánica, y que se necesitaban $1500 pesos mensuales, ni uno más, ni uno menos, para echar a andar el mamut nacido del encuentro sostenido en España, meses antes, por los dos Generalísimos. Testimonio, además, del deber compartido que los lanzaba a enfrentar, a como diese lugar, esas incansables conspiraciones judeo-masónicas-bolcheviques que asolan la Cristiandad, y ante las que solo cabe interponer el inexpugnable valladar de una hispanidad anclada en Santa Teresa de Jesús, Carlos V, Covadonga, los Reyes Católicos y el Cid Campeador.

En esta otra carta, remitida al día siguiente de la anterior, el Hermanísimo arrendatario de la Presidencia, como era de esperar, y a pesar de su conocida cortedad y cautela en asuntos presupuestarios y erogaciones que no fuesen directamente a las cuentas del Clan Augusto, no titubeaba en ordenar al Director del Presupuesto Nacional que se otorgase al Instituto Dominicano de Cultura Hispánica la asignación mensual solicitada. Y así se hizo, pues en estas otras que Usted ve aquí puede seguirse, paso a paso, el andar imparable del Instituto, astro ascendente en el horizonte de un limitado panorama cultural doméstico.

No se asombre, amigo mío, que pueda hallarse tanta información en estos papeles. Aquí está la historia de todo y de todos, incluso, la sórdida de muchos que mañana se presentarán como paladines de la democracia y escudos insobornables de la libertad, sin haberlo sido nunca. Pero pasemos piadosamente, por ahora, la página de esta Historia Natural de las Debilidades Humanas para seguir ahondando en todo lo que nos reserva este número 18 457... Mire aquí otro milagro de prodigalidad: el que otorgó una sede adecuada al Instituto.

En efecto, no más haberse constituido, como es costumbre para toda institución que nace en cuna de oro, aparecieron las necesidades, y no solo de presupuesto, sino también de personal, de cargos, de oficinas, y de otros locales capaces de engrandecer y adornar al recién nacido. Aquí, por ejemplo, en esta carta del 1 de febrero de 1955, el Presidente del instituto informaba al otro Presidente, que en reunión plenaria de los miembros, celebrada el 10 de enero de 1955, a las 8 de la noche, en los salones del Ateneo Dominicano, se había acordado crear el cargo de Director Ejecutivo y designar para el mismo a Franklin Mieses Burgos, y a Carlos Curiel, como Secretario de la Presidencia ; que se pagaría $8.00 pesos por hora de clase a los profesores que se contratasen, y que, a falta de algo más adecuado, se habían arrendado cinco apartamentos en la segunda planta del edificio "Ocaña", situado en la calle Arzobispo Meriño, esquina a General Luperón.

Y he aquí que, apenas un mes después, en nueva carta que algún irreverente podrá pensar que fue escrita por las insaciables hermanas de Cenicienta, o por Masikas, la ambiciosa mujer del pescador, que figura en el cuento "El camarón encantado", hallamos, ya Usted ve, una nueva exigencia del Instituto: el otorgamiento de la casa ubicada en la calle Mercedes 38, que será próximamente desalojada por el Banco Central, en vísperas de mudarse a un nuevo local. Y contra todos los pronósticos, y muestra de inusual prodigalidad, apenas una semana después, puede Usted comprobarlo por sí mismo, tenemos la respuesta afirmativa del Hermanísimo, la que fue remitida por Porfirio Herrera, Secretario de la Presidencia, en carta a Troncoso Sánchez.

Todos sabemos, usted y yo también, que desde su despacho en Palacio, o desde su yate; desde la hacienda "Fundación", o desde la Casa de Caoba; desde New York o Elías Piña; desde el último caserío de la nación o caminando por el Malecón, el Jefe siempre es el Jefe: el que decide todos y cada uno de los asuntos del país, y así ha sido por décadas. Y por eso, en el fondo, no puede sorprendernos, ni lo fulgurante de las respuestas positivas a las interminables demandas de este hijo que resultó ser el Instituto Dominicano de la Cultura Hispánica, ni la milagrosa y ciertamente desusada prodigalidad de la Casa Real con sus repetidas exigencias terrenales.

Y ya pudo usted comprobar todo lo que nos deparaba la ficha alba, la de los amigos, donde junto a un nombre alguien fijó también este escueto 18 457. Y no se devane más los sesos, amigo mío, solo imagine la de historias que nos aguardan si logramos atravesar esta selva espesa de números sin fin, por supuesto, con la Elevada Anuencia del Jefe. Pero tenga por seguro que, con nuestras credenciales, el Benefactor no nos vetará el acceso a sus bodegas documentales, ni el placer de constatar, en este país tropical, la teutónica eficiencia del viejo empleado del guardapolvo impecable y los lentes de cristales verdes.

Por algo somos, Usted y yo, miembros correspondientes del Instituto Dominicano de Cultura Hispánica, aprobados a punta de lápiz por la Augusta Mano. Y no es casual tampoco que hayamos escogido, entre tantas tarjetas de los archivadores, precisamente la número 18 457... Por algo servimos, incondicionalmente, a semejante poeta, espejo de la lengua hispana.

Aquí está la historia de todo y de todos, incluso, la sórdida de muchos que mañana se presentarán como paladines de la democracia y escudos insobornables de la libertad, sin haberlo sido nunca.


Nota: Algunos nombres de los personajes de la serie "La Era" son ficticios, y los sucesos rigurosamente ciertos. Los documentos que los avalan pueden consultarse en el Archivo General de la Nación".

 

Eliades Acosta Matos

 

 

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