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Nov 19
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Jacques Viau Renaud: El Poeta haitiano que en 1965 ofrendó su vida por los dominicanos

Jacques Viau Renaud: El Poeta haitiano que en 1965 ofrendó su vida por los dominicanos

(Tomado del libro en preparación "Guerra Patria y Poesía Social en Tiempo de Libertad, 1961-1970", de Alejandro Paulino Ramos.

www.historiadominicana.com.do).    Jacques Viau Renaud que nació en Puerto Príncipe, Haití, en julio de 1942 era hijo del intelectual Alfred Viau. Llegó a la República Dominicana junto a sus padres cuando apenas tenía seis años de edad. Estudió en la ciudad de Santo Domingo y se integró a los grupos literarios juveniles, participando en tertulias, escribiendo poemas y participando en lecturas de los mismos, junto a muchos de los que luego integrarían lo que hoy conocemos como "generación del sesenta" y/o "generación de posguerra". Durante la revolución de Abril de 1965 formó parte del Comando B-3. Murió en la zona constitucionalista de la ciudad de Santo Domingo, cuando sólo tenía 23 años de edad, victima del disparo de un mortero lanzado por las trompas norteamericanas de ocupación, las que se encontraban presentes en el país desde el 28 de abril del mismo año. Su producción poética se encuentra dispersa en diarios y revistas de la época, mientras que el Frente Cultural, agrupación constitucionalista constituida en la “Zona Rebelde”,  publicó póstumamente su obra Permanencia del llanto.

Después de cuarenta y cinco años de su muerte, los que fueron sus compañeros y amigos, los que integraron el Frente Cultural y las agrupaciones surgidas después de la Guerra Patria están en la obligación de rendir un merecido homenaje a este combatiente que dio su vida por la democracia, la libertad y la soberanía de la República Dominicana. Cantémosle de nuevo, como los hicieron los

poetas de su generación, entre ellos Miguel Alfonseca y Juan José

Ayuso:  “Pasa Jacques Viau montado en una estrella/ junto a los helicópteros por el cielo invadido./ Cruza Jacques Viau montado en  una estrella/ el cielo de su Patria hacia el Oriente/ llegando de su Patria hacia Occidente./ Junto a Jacques van también los otros conocidos,/ los otros ignorados./Junto a Jacques un tropel de jinetes/  sobre estrellas criollas,/ sobre estrellas haitianas,/ y españolas,/ sobre estrellas francesas/ e italianas./ Un tropel de jinetes/ entre los helicópteros por el cielo invadido.  (….).”

Para que recordemos y valoremos su memoria, leamos lo que escribió su amigo, el poeta Miguel Alfonseca, en su obra Diario de la Guerra en la que le dedicó el siguiente texto. Ojala y ayude al merecido homenaje a este poeta combatiente:

 

 

Funeral del Poeta Combatiente:

“Lunes 21 de Julio. 8:00 A. M. Un grupo de personas en sillas, sobre la acera, entrando y saliendo contritas, me señala el lugar. Antonio Locward y Antonio Lenderborg están sentados silenciosos, mirando lejanamente. Lenderborg tiene los labios levemente apretados y los ojos rojos y brillantes. En silencio los saludo.

Lentamente avanzo, me detengo en el marco de la puerta, dos jóvenes armados veían en torno al ataúd, brillantes y cerinos  bajo la luz de los cirios. Junto a las paredes, mujeres cabizbajas se pierden en el dolor profundo que las consume. Los padres, a la derecha, miran encorvados el cuerpo presente.

Jacques parece dormir tranquilo dentro del estrecho ataúd negro. Su frene, sus cabellos, están secos y apagados. Sus grandes pestañas se juntan bajo los párpados haciendo parecer el sueño más

profundo.

Rostro quieto, sin sudor, de gruesos labios acostumbrados a la palabra tierna, el diálogo reposado, el canto tenue, enmarcados por el bigote simple bajo la nariz que aspiró el aire y los olores de esta tierra.

 

No puedo avanzar más. No pu

edo acercarme hasta su lado y observarlo tranquilamente. Aquí, desde sus piernas, lo miro y desvío la mirada y vuelvo otra vez sobre su rostro joven, amado por todos.

Jacques parecía estar llorando sierre, sin estruendo ni lágrimas, con una tristeza indefinible que le daba su extrema sensibilidad. Siempre he pensado en esa mirada verde y amarilla que parecía entrecerrarse húmedamente.

La bandera dominicana, la bandera verdinegra, la bandera de Haití, cubren su ataúd. “L´

Union Fait le Force”, dice el escudo haitiano.

Rosas silvestres, blancas y rosadas, lirios de lánguidas corolas, empiezan a cubrir el pecho de mi hermano.

Sonia, la esposa del compañero Rafael Estévez, llora débilmente y aprieta su pañuelo sobre el rostro o lo deja suspenso en el aire como una banderilla mojada. Será madre, su hijo, desde el vientre, empieza a conocer al mundo al que vendrá. A su lado, Ana María y Rosita están recostadas una de otra, agotadas de llanto. Ana Maria trata de ser fuerte, es la lucha, pero hubiera

sido tan bello…

Chirrian los frenos de un auto: el Presidente Caamaño ha llegado; busca al padre de Jacques y ambos se confunden en un abrazo fuerte, como si apretándose desapareciera el dolor. Caamaño musita unas palabras en los oídos del hombre y la cabeza de Alfred Viau se derrumba sobre el hombro del Presidente, lanzando dos fuertes sollozos.

Salgo aturdido. Levanto la cabeza y tomo en una gran inspiración aire, como si estuviera asfixiándome.

¡Ancho cielo, remoto e inevitable sobre los muertos…!

Interpelo a Antonio Lockward.

“—¿Cómo fue…?

“—Complicación renal—responde—. La urea le subió a doscientos”.

Quedamos sin hablar, el día comienza a ser tristísimo, de sol tenue, íntimo.

10:45 A. M.- La mayoría de las personas se desparraman en la calle, frente a la casa doliente. El ataúd soma por encima de las cabezas y comienza a caminar entre dos largas hileras de combatientes armados.

Del mar se levanta una brisa salobre con olor a troncos y algas, cada vez más fuerte, que se cuelan entre los cuerpos, bate los cabellos, pone a zumbar las hojas de laureles y de álamos.

“Suenan monocordes las suelas, como un chapoteo”.

Algunos de los que marchan levantan las cabezas, abstraídos, otros clavan las miradas en el asfalto gris o en las puntas de sus botas, los más miran el ataúd o hacia el frente, llenos de una tristeza limpia y profunda.

Los armados; rostros negros, mulatos, blancos y amarillos rostros sombríos de la patria, donde la brisa barre el sudor y deposita briznas de polvo de los árboles.

El silencio ha empezado a cantar la partida en el corazón de todos con agua ardiente y salada, volandera.

La calle estrecha de asfalto oscuro, las aceras de cemento y de tierra de donde parten los árboles hacia el cielo, los enfilados laureles a ambos lados de la avenida hasta donde la vista se cansa, su sombra de mil formas, móvil, sus frutillas rojas y las huellas de los picos de los pájaros; las gruesas paredes ancianas, grises, del cementerio; las hileras armadas flanqueando el ataúd cubierto de múltiples banderas, que parece reposadamente navegar en el aire, inclinándose hacia un lado y otro, sobre los hombros de compañeros haitianos y dominicanos, los hombros de la isla.

Y detrás….El llanto.

La pequeña casa con paredes de as so y tejado de zinc, situada junto a la valla lateral del cementerio, entre yerbas, laureles y pinos, frente al Parque Independencia, es la iglesia donde ahora ofician para Jacques.

El aire entra por las persianas de la pequeña iglesia, mueve la llama de los cirios y esparces el incienso al tiempo que una claridad plateada resbala por los rostros apretujados, resaltando las lágrimas y el sudor.

La yerba suave, dócil, salpicada de florerillas amarillas, cruje bajo las pisadas. Susurran los follajes de laureles y los pinos zumban como marea. El cielo es un agujero allá arriba, iluminado, lapislázuli.

Ha llegado el ataúd a su destino. El cementerio reducido, abigarrado de tumbas, con árboles frutales y el vuelo de las ciguas, se llena con la muchedumbre.

Ahí está el nicho con su boca abierta, aguardando. Encima un

a vieja cruz de cemento me sirve de lugar para observarlo todo.

Bajan el ataúd, aprietan las banderas sobre él y lentamente lo introducen.

!Jacques! ¡Están encerrándolo en ese lugar estrecho, oscuro y caluroso! !Su torso, su rostro, él, encerrado para siempre, aislado de los aromas del mundo, excluido a pesar de tanto amarlo!.

“Para mi que sería mejor que su cuerpo desapareciera bajo el cielo, entre los aires y colores del mundo. Sería más noble incinerar a mi compañero con maderas de los álamos, que tanto amó, hasta que se integrara al viento de la isla, libre su cuerpo en la muerte.

“—Compañeros…

“…El compañero Jacques Viau que hoy hemos venido a enterrar, cayó bajo el fuego de las tropas invasoras norteamericanas cuando combatía en el Comando B-3. ¿Cómo es posible que un escritor, un haitiano, se encontrara peleando en primera línea en la República Dominicana…? Nadie en la sociedad puede evadirse al compromiso social, a su clase. Jacques Viau combatió por los trabajadores de Haití y Santo Domingo. Jacques Viau combatió como escritor y como haitiano en primera línea. Ha combatido por el nuevo Santo Domingo y por el nuevo Haití. Saquemos la convicción de combatir cada día más vigorosamente. Seguiremos su lucha…!Venceremos…!

Quedan flotando las últimas palabras de Antonio, todo es un silencio, nadie sabe qué hacer por un instante, entonces me decido:

“—Compañeros…Voy a leer algo breve que escribí esta mañana para Jacques. Me agarro de un brazo de la cruz y quedo con el cuerpo en el aire, mirando hacia la tumba. Mi voz sube, estentórea, mientras mas fuerte sea más podré evitar el llanto.

“RESPONSO PARA JACQUES VIAU RENAUD

“Toda la isla para ti, compañero.

Toda la tierra agridulce de ls pueblos

para ti, compañero.

Todos los hombres,

todas las mujeres,

todos los niños de las patrias

para ti, compañero.

Derribado sobre el mundo

entre la pólvora y los gritos,

entre el llanto y los cantos libérrimos.

Compañero,

la yerba y los terrones,

los redondos álamos y los bosques,

la garganta de los ríos,

el clamor de los hombres,

para cantarte.

Los brazos potentes del pueblo,

para alzarte.

Las banderas de las islas

para ondear tu sonrisa

donde el amor derrota el tiempo.

Compañero,

la libertad desde ti

hacia nosotros

en tus cantos y en tus huesos,

en tu corazón tranquilo

integrado al renacimiento,

a los hijos que vendrán

de las entrañas del pueblo.

Por siempre,

compañero.

Las vallas del cementerio han desaparecido, las casas y las calles, la ciudad ha desaparecido. Estamos en pleno corazón del bosque, rodeados de un cielo inmenso que nos presencia, inmersos en el principio puro del mundo.

Las ciudades, las metrópolis, las civilizaciones, han desaparecido. Estamos en el origen. No acontecen los metales, ni los inventos del hombre, sólo aire, agua, fuego. Estamos en el nacimiento.

“Quisqueyanos valientes alcemos,

Nuestro canto con viva emoción”.

El pequeñísimo intervalo de silencio en el cual el tiempo desapareció, ha sido roto. Los hombres y mujeres cantan. ES el himno dominicano.

“Salva el pueblo, que intrépido y fuerte,

a la guerra a morir se lanzó,

cuando el bélico reto de muerte,

sus cadenas de esclavo rompió”.

Las vallas del cementerio de nuevo están ahí. Las casas y las calles, la ciudad, han retornado. El recinto es pequeño otra vez, inundando de una luz blanca que deslumbra al chocar sobre la cal de las cruces, muy blanca, espectral.

Las voces han callado y los árboles están inmóviles, misteriosos, y húmedos, abovedado sobre el cementerio. El ritual se ha cumplido. No podrán quitarnos eso, que entonemos nuestro himno coronados de tristeza y decisión.

“—No  se vayan—dice alguien—los compañeros haitianos van a cantar el Himno de su país”.

Reducidos en número, compactos, empiezan:

“Pour le pays

pour le ancestros…”

Hombres jóvenes, enhiestos, madera inquebrantable, pedernal de la isla, cantan sin vociferar, enronquecidos por la emoción, cortando las estrofas al unísono, graves y profundos.

“Pour le drapeau,

pour la patrie,

mourir est Beau…”

Los ojos me estallan en llanto. Esos compañeros de Haití, hombres del mundo, de nuestro tiempo, saben morir sobre cualquier punto de la tierra, porque el oprimido es el mismo dondequiera y el opresor también.

De un golpe, como un hachazo, las voces finalizan. La multitud se mueve y empieza a marcharse. Un grito desgarrado, sobrenatural, nos sobrecoge:

“—Mon fils…!  ¡Mon fils…!”

Es el padre de Jacques que se despide de él…

El aire se carga de sollozos, la tierra recibe agua humana.

Casi todos los presentes se han marchado. Sonia está parada frente a la tumba, bajo un árbol pequeño; sus grandes ojos oscuros están sumidos en el asombro del dolor; la brisa mueve hebras de su frente y seca las mejillas mientras ella contempla a su esposo Rafael Estévez, quien abajado toma la mezcla de cemento con sus propias manos y la coloca sobre la entrada del nicho, acompañado de un albañil. Yo, sentado sobre mis piernas, colgando los brazos, apoyados los codos de las rodillas, miro incansablemente, hipnotizado.

Las manos fuertes de Rafael toman cemento y lo arrojan, luego las palmas pasan sobre él, alisándolo con ternura sobre la boca del nicho…!Rafael, que tanto amó a Jacques…!  Ahora lo despide, lanzándole cemento, tapiándolo…

“!Chas!  ¡Chap! ¡Chas! ¡Chap! ¡Chap! ¡Chap!

A veces íbamos los domingos Jacques y yo a casa de Rafael y grabábamos nuestros poemas. Ahora, esas grabaciones de Jacques son valiosas para nosotros.

¡ “!Chas!  ¡Chap! ¡Chas! ¡Chap! ¡Chas! ¡Chap!

Rafael toma una deshojada corola de rosa y la sujeta con cemento. Pétalos habrá en el duro rostro de la tumba de Jacques. Arriba, un casco tiene dos letras en rojo: J. V.

El mediodía ha pasado, todo está muy quieto, irreal.

¿Qué mundo es éste…?

(Reproducido del libro de Ramón Alberto Ferrera, Guerra Patria, Santo Domingo, s.p.i., pp. 87-93)

 

 

 

 

 

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