contacto

Historia Dominicana

Viernes
Sep 22
Tamaño del texto
  • Increase font size
  • Default font size
  • Decrease font size
Inicio Historia Republicana Raymundo González escribe: "La Guerra de la Restauración vista "desde abajo"

Raymundo González escribe: "La Guerra de la Restauración vista "desde abajo"

E-mail Imprimir PDF

Conferencia de Raymundo González en la Academia Dominicana de la Historia, 16 de agosto 2010: Señor Emilio Cordero Michel, Presidente de la Academia Dominicana de la Historia; Señor Frank Moya Pons, Presidente electo de la Academia Dominicana de la Historia;

distinguidos señores académicos; señoras y señores; amigas y amigos:

Buenas noches a todas y todos: Al interior de la historiografía dominicana la valoración de la guerra restauradora ha estado atravesada por la tensión de un viejo debate. Basta un breve examen para ver cómo se ofrecen distintas versiones de los hechos, hasta el punto de hacernos dudar de aquella expresión de que la historia la escriben los vencedores. Por un lado, hallamos que la interpretación liberal, de la cual participan algunos protagonistas, con gradaciones y matices, acogió con aprecio el hecho de que la gente humilde del pueblo participara en esta guerra y haya tomado la iniciativa al pronunciar al país a favor de la libertad y la independencia: Guridi, Espaillat, Luperón, Bonó, Rodríguez Objío, García, Henríquez y Carvajal, entre otros, así lo expresaron en el mismo siglo XIX. A la inversa, por el lado de la historiografía conservadora la cuestión se centró en admitir “el error de la Anexión”, cometido por Santana, pero inducido por el gabinete de O’Donnell, más allá del cual plantearon que la anexión respondía pese a todo a intenciones patrióticas; la valoración de fondo de esta consideró que el pueblo que se levantó contra la Anexión a España lo hizo guiado por líderes que sentían deseos de venganza y odio contra Santana, es decir, por motivos personales y no por motivos patrióticos. Entre los que sostuvieron estas opiniones en el siglo XIX cabe mencionar a Manuel de Jesús Galván  y Rafael Abreu Licairac.

Más adelante, Rafael Augusto Sánchez, quien nos merece el mayor respeto como pensador, en su obra Al cabo de los cien años,  escrita con motivo del centenario de la República, consideró que aquella guerra era obra de la violencia y la barbarie, de gente sin ningún concepto de patria ni de libertades. En ese sentido, se colocó en el extremo opuesto a la corriente liberal y, al mismo tiempo, siguiendo los planteamientos arielistas en boga , postuló la idea de que la nacionalidad y el nacionalismo eran patrimonio de la élite culta, haciendo de la exclusión popular parte esencial del proyecto nacional. De esta manera, sus ideas coincidieron con la tendencia autoritaria y militarista que poco después desarrolló la historiografía trujillista, la cual justificó la anexión hecha por Santana y su camarilla para perpetuarse en el poder, disfrazándola de hecho “patriótico” para salvar del peligro haitiano una etérea “esencia nacional dominicana”, que por demás resultó ser española. A tal punto creyeron o quisieron creer esta teoría, que llegaron a postular la voluntariosa tesis de que suprimiendo la República del mapa de las naciones libres podía conducirse al pueblo dominicano al encuentro de su “verdadera nacionalidad”; otro tanto se intentaría también con el concepto de democracia. Postulados éstos que solo se sostuvieron por el interés político de aquel régimen tiránico de acercarse al hispanismo reaccionario de la dictadura de Franco en España; y, por supuesto, fuera de cualquier debate histórico. Tanto que muchos historiadores vinculados al régimen se mantuvieron al margen de esas posiciones (notoriamente fue el caso de Sócrates Nolasco y Vetilio Alfau Durán).  Así, la interpretación de Peña Batlle, Goico Castro y la que sostuvieron entonces Rodríguez Demorizi, Balaguer (modificada tras la muerte del tirano), entre otros, resultan hoy insostenibles desde el punto de vista de una teoría coherente de la construcción nacional dominicana.

En la actualidad, rechazadas las tesis conservadoras más extremas, el debate sigue abierto. Y no se trata solo de la contraposición entre posiciones nacionalistas y anexionistas, sino, y sobre todo, dentro de la misma historiografía de tendencia liberal o nacionalista. Motivado por algunas aristas de ese debate surgió, en 1938, de la pluma de Sócrates Nolasco una obra extraordinaria de nuestra historiografía: El general Pedro Florentino y un momento de la Restauración. Ensayo que bien puede considerarse como una muestra de lo que quiere significar el tema de la charla de esta noche. El referido debate se prolonga hasta hoy en estudios y ensayos de autores contemporáneos: Guido Gil, Juan Bosch, Pedro Mir, Jaime Domínguez, Roberto Cassá, Emilio Cordero Michel, Luis Álvarez López, entre otros.

Permítanme un breve paréntesis para explicar el título que escogí para esta charla: La guerra restauradora vista desde abajo implica que puede ser vista “desde arriba” y, además, que esa ha sido la manera corriente de verla. En efecto, esa es la historia de las grandes personalidades políticas, de las figuras descollantes, de los grandes héroes, como la quería Thomas Carlyle. Esta historia ya tiene la atención de los historiadores y un espacio tradicional en la historiografía. No es el momento de ponderar el valor de las contribuciones de esta historia, de hablar de sus virtudes o de sus vicios. Más bien quiero resaltar que su solo postulado ya dejaba abierta la posibilidad de una mirada de naturaleza distinta, la cual desde hace ya algún tiempo ocupa a destacados historiadores del mundo contemporáneo. Quisiera por ello referirme a esta “otra historia” que pretende  recoger y sistematizar la manera de pensar, el sentir y modo de actuar de la gente corriente, quienes para esta historiografía son también hacedores de historia, aunque anónimamente.

La más conocida de las escuelas de nuestro tiempo que asume la perspectiva de “la historia de los de abajo, la historia vista desde abajo o la historia de la gente corriente”, es la escuela inglesa, aunque después difundida por todo el mundo, fundada en hacia los años 60 y 70 del siglo pasado por los trabajos de George Rudé, E. P. Thompson, Eric Hobsbawm y otros. Fue en su origen una corriente de orientación marxista, que contrastó con el estructuralismo afianzado en la historiografía francesa y arrojó luz sobre la historia del movimiento obrero, los movimientos sociales de la época preindustrial e industrial en Inglaterra y otros países de Europa y América.   Hobsbawm ha llamado la atención sobre la importancia de esta mirada desde abajo, en especial en cuanto a la explotación de nuevas fuentes históricas, incluidas las fuentes orales, y la necesidad de afinar las técnicas que deben acompañar el uso de tales fuentes.  Más cerca de nosotros, desde mediados de los años 80, está el grupo de los llamados “estudios subalternos”.   Esta corriente, surgida en el Reino Unido y en algunas universidades indias,  organizó bajo la dirección del historiador de la India Ranajit Guha  seminarios y debates entre historiadores y científicos sociales que estudian los países anteriormente dominados por el imperialismo inglés. También esta escuela ha incidido en la labor historiográfica sobre los sectores populares. Guha, al igual que la corriente marxista de la historia desde abajo, planteó nuevas exigencias en lo concerniente a las estrategias de lectura de las fuentes y a la consideración de la subjetividad de los movimientos de lucha y resistencia de los subalternos.

Abordar el estudio de la guerra restauradora en la perspectiva propuesta supone articular los aportes metodológicos de estas corrientes con un programa de investigación que trataré de esbozar y argumentar muy brevemente sobre el texto de un breve escrito de Pedro Francisco Bonó.

La Guerra de la Restauración es la primera gran guerra popular librada por los dominicanos. Todos los historiadores parecen estar de acuerdo en ello, aunque difieran sobre los motivos y la significación de esa participación o irrupción de las masas en la historia.

No se trata de que otras guerras, como la guerra antifrancesa (1808-1809) o contra Haití (1844-1856), no contaran con participación popular, sino que ellas generalmente fueron decididas y conducidas por los líderes de los sectores dominantes. Esta observación no pasó entonces desapercibida por los grupos sociales dirigentes de la época de la Restauración, ni por la historiografía liberal que asumió más tarde los puntos de vista revolucionarios.

La resistencia a la Anexión se expresó en seguida en un rosario de expediciones y levantamientos. San Juan, Moca, Neiba, Guayubín, Sabaneta, Montecristi, Dajabón, hasta las lomas de la Patilla y Capotillo. En el norte la represión de los Campillo y Buceta consigue radicalizar los métodos de los insurgentes; como señala el historiador Emilio Cordero Michel, aparecen asociadas la guerra de guerrillas y la tea incendiaria.

No mucho de después de iniciada la guerra ello quedó expresado de diversas maneras. A inicios del año 1864, en el No.1 del Boletín Oficial, publicado desde Santiago como vocero por el gobierno provisional de la República en armas, se publicó el conocido editorial titulado “Principios políticos de la revolución”, que don Emilio Rodríguez Demorizi atribuyó a la pluma de Espaillat, del cual extraigo el siguiente párrafo, en él compara la revolución contra Báez de julio de 1857 y a la guerra entonces presente:

“Es preciso que recordemos que esta revolución no se parece a la del 7 de julio. Esta última fue revolución de unos pocos que arrastraron consigo las masas. En la revolución actual, fueron las masas que se levantaron, arrastrando consigo a todos los demás. En la de julio, las masas se puseiron a disposición de los inteligentes; en ésta, los hombres inteligentes se han puesto a la devoción de las masas. En la revolución de julio, era una media docena de individuos los que se hallaban comprometidos; en la revolución presente es todo el pueblo quien los está. En la revolución de julio el pueblo pudo haberse dicho: ‘Aquellos pocos que han ideado la revolución, serán solos los responsables, y como el pueblo en nada se ha metido, nada tendrá que temer.’ Hoy no podrá decir eso.”

Estas palabras de Espaillat expuestas en el clímax de la Guerra precisan el sentido de lo expresado en la carta de los revolucionarios a la Reina Isabel II, cuando dice:

“El incendio, la devastación de nuestras poblaciones, las esposas sin sus esposos, los hijos sin sus padres, la pérdida de todos nuestros intereses y la miseria, en fin, he aquí los gajes que hemos obtenido de nuestra forzada y falaz anexión al trono español. Todo lo hemos perdido, pero nos queda nuestra Independencia y Libertad, por las cuales estamos dispuestos a derramar nuestra última gota de sangre. Si el gobierno español es político, si consulta sus intereses, y también los nuestros, debe persuadirse que a un pueblo que por algún tiempo ha gustado y gozado su libertad, no es posible sojuzgársele sin el exterminio del último de sus hombres.”

También en el Boletín Oficial, No.18, del 4 de diciembre de 1864, aparecen reflexiones de carácter filosófico sobre el ser dominicano, que se inscriben en la tradición del pensamiento ilustrado, con las cuales se pretende explicar las motivaciones de los campesinos dominicanos que participan de la guerra restauradora. Por ejemplo, el autor de “Comentarios políticos”, escribe:

Ese amor de los dominicanos por la libertad, ese heroísmo que les caracteriza, y cuyas fuentes inagotables tienen su origen en la más remota tradición, en sus costumbres que difícilmente pueden ser alteradas, en el espíritu de sus razas mezcladas, en la conciencia de su propio valor; son cualidades hermosas de su carácter en las que ellos cifran todo su orgullo. Tan imposible es sujetarles a una opresión extraña como lo fuera hacerles olvidar la tradición, abjurar algunas de sus costumbres o modificar su carácter independiente y aun a veces soberbio; ni fuera posible hacer a los dominicanos que se estimasen en menos.”

Entre los problemas planteados por Bonó para un estudio concienzudo de la sociedad dominicana de su tiempo, uno, el más contemporáneo de todos, lo resumió en la siguiente pregunta: “¿La Restauración no desquició todas las jerarquías tradicionales, las intermedias, e hizo ingresar en la dirección del país elementos nuevos que han suscitado la anarquía en la esfera superior de la sociedad?”  También se refiere de manera taxativa a la revolución social a consecuencia de la guerra: “la Restauración con el incendio de la ciudad de Santiago, y la revolución social que implicó la destrucción de tantas riquezas y jerarquías en dicha ciudad y su común” …

Por su parte, el historiador José Gabriel García en el tercer tomo de su Compendio de la Historia de Santo Domingo, dice que “la bandera del 27 de febrero de 1844, [fue] desplegada en Capotillo el 16 de agosto de 1863, por los merodeadores de las fronteras, que como por encanto se habían convertido en ejército revolucionario, [el cual] iba recuperando, una a una, en marcha triunfal, las astas gloriosas de donde había sido arriada violentamente el 18 de marzo de 1861”.

Paradójicamente, el merodeo, que el propio García reconoce era “la entretención favorita de los hombres de aquellos campos” de la raya,  era bien conocido como práctica criminal; la misma actividad que había causado durante la república no pocos dolores de cabeza a los gobiernos, dio consistencia social a la guerra, o mejor, dicho a la guerra de guerrillas. Como expresaba el Boletín Oficial: …“con las armas y su metralla nada pueden ganar, porque nosotros tenemos la manigua, y el sistema de guerrillas”.  Todo parece indicar que nos hallamos ante una explosión popular que debemos indagar y explicar en forma satisfactoria. La formación del consenso contra la anexión se ha hecho depender sobre todo del incumplimiento de las medidas prometidas, entre ellas la del cambio de la moneda de papel por pesos fuertes, la falta de obras públicas, especialmente caminos, así como también el trato vejatorio que se le daba a los dominicanos por las nuevas autoridades peninsulares. Nolasco añade la sequía que azotó la región noroeste. Pero eso no basta. Allí donde las motivaciones de los sujetos son diversas, complejas, contradictorias y también solidarias, las expresiones de la lucha social y política no lo serán menos. Creo que con lo expuesto anteriormente podemos justificar el estudio de la Guerra de Restauración “desde abajo”.

Se trata de superar los lentes o la mirada desde la ideología del progreso para poner atención y poder escuchar las voces de los que hablan más bajo, para usar la expresión de Guha, a fin de comprender las lógicas, las formas de pensar, sentir y actuar de las clases populares, que vemos muchas veces expresadas en productos políticos, sociales y culturales, y esto incluye la formación nacional. Como afirmara Pierre Vilar, “la maduración del hecho nacional se realiza en la lucha” . Tengamos presente que para Pedro Henríquez Ureña la Restauración galvanizó el sentimiento nacional en los dominicanos, un proceso que había comenzado en el año 1821 y culminaría en 1873.

Una idea de la importancia del sentir popular puede dárnosla el decimero y los cantares de la guerra restauradora; dice Rodríguez Demorizi que “en los campamentos rebeldes no se extingue la noche sin que se escuchen, al son del cuatro, décimas y coplas de acento bélico:

Santiagueros y veganos

Suban la loma colorá,

Porque ya pasó Buceta

Sin saber pa’ donde ba.

Y las estrofas de “improvisadas canciones patrióticas”:

Desde el Yaque hasta el Ozama,

Desde el Camú hasta el Nigua,

El machete y la manigua

Hacen al mundo temblar.

A las armas manigüeros,

Que viva la libertad,

Que viva la independencia

Y el partido nacional.

O las imágenes contrapuestas del siguiente cantar:

Antonio Guzmán

No me gusta a mí;

Primero cacharro

Y después mambí.

Estos últimos versos encierran mucho de la mirada popular de la guerra. El desertor de las filas enemigas es medido en estos versos con la vara popular que contrapone el cacharro y al mambí. Bajo la apariencia de un simple rechazo al tránsfuga que se cambia de bando, se halla también una lectura social de la misma: ¿Acaso no era el mambí el merodeador de que nos habla García?

Los versos traen consigo algunos ejemplos del vocabulario popular que en general ha sido filtrado en los memorias e historias de los escritores liberales: la manigüa, cacharro, mambí, el propio merodeo (a pesar de la franqueza de García), la zaragata, el encabao, entre otras expresiones que representan todo un dispositivo cultural de los habitantes del campo, el cual debieron asumir los oficiales y los letrados del gobierno restaurador.

El tema del vocabulario de la guerra restauradora representa en sí un estudio pendiente que abarque las contribuciones de los grandes frentes en que se desarrolló la guerra. Las fuentes principales están ahora a la mano, tanto las publicadas  como las que se encuentran en el Archivo General de la Nación, gracias a la culminación de los catálogos de las colección del historiador García e hijos y de César Herrera , donde hay abundante material sobre la Restauración.

Bonó, en un breve escrito que Rodríguez Demorizi tituló “En el cantón de Bermejo”, se refiere a un episodio de la guerra restauradora relativo al establecimiento de las avanzadas en los diferentes frentes. El escrito de Bonó ha sido presentado como el guión de una novela por Rodríguez Demorizi. Pero nada impide que, como hizo él mismo en sus Diarios de la guerra domínico-española, también lo tomemos como un relato histórico.

Se trata de la visita de inspección que hiciera el 5 de octubre de 1863 a los rebeldes en el frente oriental, apenas un mes y pocos días de instalado el gobierno revolucionario en las ruinas de lo que fue la ciudad de Santiago. El cantón de Bermejo resultaba una posición crucial por donde podía ser invadida la región del Cibao por las fuerzas españolas situadas en el frente del Este y que estaban al mando de Santana. De ahí que por más difícil que fuera el mantenimiento y la defensa de este punto había que permanecer allí para impedir una posible sorpresa del enemigo. Y así fue en efecto, ya que dicho cantón fue desalojado en tres ocasiones por el ejército español y otras tantas veces repuesto por los rebeldes.

Seis rasgos señalados por Bonó pueden considerarse comunes a los demás cantones restauradores:

1. La poca disciplina de la tropa;

2. La desnudez de la tropa y la falta equipamiento;

3. La escasez de armas y suministros, que la colocan en situación de marcada desventaja frente al enemigo;

4. El vivir del merodeo como medio de subsistencia;

5. La peculiaridad de la vida cotidiana en el cantón, a la que se adaptan soldados y oficiales.

6. Y, sobre todo, el prototipo social del cantón: el soldado-montero, el mambí de la guerra restauradora.

Bonó comienza su relato refiriendo el propósito de su visita: …“en mi calidad de Ministro de Guerra hacía yo una visita de inspección en toda la línea del Este y a la cinco de la tarde, después de un viaje penosísimo y bajo una lluvia constante llegué a las avanzadas del cantón de Bermejo.” Cuenta que todos los que por allí andaban, sin distinción de jerarquía y al parecer sin mucho orden, se le acercaron a darle la bienvenida: “Me salieron al encuentro jefes y soldados, y rodeado de todos ellos llegué a la Comandancia de Armas”. Acompañado por este grupo llegó adonde estaba dicha comandancia, que también tenía el mismo aspecto que el resto del puesto militar: “La Comandancia de Armas era el rancho más grande de todo el Cantón, donde todo estaba colocado como Dios quiera.” De inmediato refiere que “el parque eran ocho o más cajones de municiones que estaban encima de una barbacoa y acostado a su lado había un soldado fumando tranquilamente su cachimbo”, figúrense ustedes cómo andaba aquello. Completa así la descripción de la comandancia: “Varias hamacas tendidas, algunos fusiles arrimados, dos o tres trabucos, una caja de guerra [un tambor , R.G.], un pedazo de tocino y como 40 ó 50 plátanos era todo lo que había.”

Afuera de la comandancia estaba un cañón que se había salvado en la acción ocurrida unos días atrás en que las fuerzas restauradoras, al mando del coronel Santiago Mota, habían sido arrolladas por las fuerzas españolas bajo el mando del teniente general Santana.  Bonó expresa que “dicho cañón estaba en tan lamentable estado que las llantas de las ruedas estaban aseguradas o roteadas con hilos de enseronar.” Desde luego, aquel remiendo hecho con fibras vegetales de la industria rural del país permitía el uso del cañón, el cual quedó así rehabilitado.

Después, “en quince minutos cuatro hombres por 50 centavos, me hicieron un rancho” en donde se alojó de inmediato con todos sus enseres: “Colocamos en él las sillas, la carga, las armas”. Un asistente le colgó la hamaca, donde luego se echó a descansar. El rancho no estaba bien techado, ya que más tarde así se lo advirtió el jefe del cantón. Afuera en la sabana quedaron los caballos, donde también podían comer del pasto que allí crecía. En todo esto, más parecía que recibían a un familiar que a un ministro.

Poco antes había preguntado al comandante de artilleros, Pedro Faustino Royer (a) Grullo, por el coronel Mota, le informó que había salido a conferenciar con Manzueta y que regresaría aquella noche. Poco después, ese mismo día, a la llegada del coronel Mota, salió Bonó a recibirle y a conversar con él. Este le refirió que le esperaba desde el día anterior, pero que debió atender al llamado urgente del Presidente Salcedo. Le informó que debía prepararse para atacar al enemigo en Guanuma después de recibir refuerzos de Yamasá que debían llegar pronto. Le preguntó el ministro: “-¿Pero usted está listo?” A lo que contestó: -“Como siempre y cada día con más deseos de batirme y de acabar de botar a esos blancos.” Y aun describe Bonó la actitud y los detalles gestuales con que le habló el coronel: “Los ojos de Santiago despiden llamas al hablarme. Su porte y ademanes indicaban el valor y el arrojo, la impaciencia que le dominaba por batirse, como él decía”.

Bonó detiene su relato para hablar en pasado de este joven valiente, pues la muerte le sobrevino poco después: “Santiago fue uno de los héroes más sobresalientes de esa epopeya que llamamos Restauración. Joven, ardiente, resuelto. Su valor y ardimiento lo hizo acometer más tarde empresas tan arriesgadas [como la] de presentar en las llanuras de Los Llanos y a la cabeza de paisanos una batalla a tropas disciplinadas, dobles en número. El resultado fue su muerte y la dispersión de toda su gente después de diezmadas, y la muerte de Santiago de un balazo en el pecho”. La acción tuvo lugar el 13 de octubre de 1863, cuando el general de reservas José María Pérez al mando de una columna del ejército y las reservas les hizo frente en la meseta de San Pedro.

Al volver a su rancho para pasar la noche hizo Bonó varias observaciones de interés: El cantón estaba dispuesto en forma de una “larga y tortuosa calle de ranchos”. Refiere que “acababa de llover a torrentes, pero la noche había aclarado bastante para percibir todos los objetos a larga distancia.”

Sonidos e imágenes vienen al observador reflexivo que comenta y recoge el mínimo detalle: “El cantón como una colmena humana hacía un ruido sordo. Había una multitud de soldados tendidos en el camino acostados de una manera particular: una yagua les servía de colchón y con otra se cubrían, de manera que aunque lloviera como acabada de suceder, la yagua de arriba les servía de techumbre y la de abajo como una especie de esquife, por debajo de la cual se desliazaba el agua y no los dejaba mojar. A esta yagua en el lenguaje pintoresco de esa época se le llamaba la frisa de Moca.”

Añade enseguida: “En muchos ranchos se oía el rosario de María con oraciones estupendas. Dos o tres ciriales alrededor de una enjalma tendida indicaban una talla.” (Cabe recordar aquí una anécdota que cuenta Archambault en relación a la devoción a la virgen y las tallas de la imaginería popular. Este refiere que en el momento más recio de un combate, algunos patriotas se arrodillaron frente a la imagen de la virgen María y le pedían: “Ataca, madre, que nos comen los españoles” .

Pero no todo eran oraciones: “Al pasar cerca de ellos vi que uno decía que había ganado seis reales y otro que había ganado cuatro y otro que había ganado cuatro hojaldras de catibía”; así vemos que las apuestas podían ser en pequeñas sumas de dinero o en género de poco valor.

Entonces pudo observar de cerca uno de los componentes de la tropa: “vi a un individuo dándose paseos gravemente vestido con un frac de paño negro, pero debajo del cual, como el escudero del Lazarillo de Tormes, no había camisa ni otra pieza que impidiera su contacto con las carnes; este individuo solo tenía unos calzoncillos”. Después, nuestro ministro se fue a dormir.

Al día siguiente, “ya alto el sol salí otra vez”, dice Bonó. Encontró que: “todo el cantón estaba en pie. Se pasaba revista. No había casi nadie vestido. Harapos eran los vestidos; el tambor de la Comandancia estaba con una camisa de mujer por toda vestimenta; daba risa verlo redoblar con su túnica; el corneta estaba desnudo de la cintura para arriba. Todos estaban descalzos y a pierna desnuda. Se pasó revista y se contaron doscientos ochenta (280) hombres: de Macorís como cien, de Cotuí unos cuarenta, de Cevicos diez y seis; de La Vega como cincuenta; los de Monte Plata contaban setenta hombres, todos aunque medio desnudos con buenos fusiles, pues con armas y bagajes se habían pasado de las filas españolas a las nuestras. Su rancho espacioso los contenía a todos y estaba plantado al bajar el arroyo.” Esta era la gente de Eusebio Manzueta.

La situación del armamento era sin embargo muy desigual con respecto a los demás grupos mencionados: “Se pasó revista de armas cotuisanas, macorisanas, ceviqueñas, solo tenían seis trabucos, cuarenta carabinas, diez y seis fusiles; la caballería solo tenía dos o tres pistolas de piedra, pero todos tenían sables de infantería y caballería.” En primera persona, agrega: “Pasé revistas de municiones: catorce cajones de cartuchos, de pólvora mojada, conteniendo cuatrocientos paquetes de diez y seis cartuchos cada uno” para un total de 6,400 cartuchos; “cinco cargas de cañón, doce potes de metralla y diez balas rasas; y en frente había un ejército de ocho mil hombres de tropas correctas y provistas”, con lo que subrayaba la completa inferioridad de las fuerzas restauradoras.

Bonó, continuó la inspección preguntando al comandante: “¿Y cómo comemos aquí?” A lo que el coronel Santiago le respondió: “No hay cuidado, me dijo, cada soldado es montero, en cuanto pase la revista verá usted”.

“Acabóse esta y todos se dispersaron: unos cogían calabazos y bajaban por agua al arroyo, otros mondaban plátanos y los ponían a asar.”

“Yo visité más detalladamente los ranchos, en los que no faltaba una tasajera con uno o dos tocinos, y beneficiaban uno o dos cerdos. El cantón en masa vivía del merodeo, pero le era fácil, porque estaba en medio de una montería.”

El ministro conocía muy bien la montería. Había sido desde la época colonial temprana una actividad económica para suministrar leña y madera a las industrias rurales, pero también de subsistencia para los esclavos, negros libres y otros vividores, por la abundante cacería de reses y puercos cimarrones que había en ella, y aun de resistencia en épocas de persecuciones, como sucedió durante las batidas contra los vagos en la última etapa de la colonia. Los terrenos que ocupaban la montería servían como una especie de despensa ya que había caza y frutos silvestres para los merodeadores, que solo lo eran si monteaban sin el permiso del dueño.

Bonó llamó la atención del comandante para que pusiera remedio a la situación. Recordaba que conoció durante la revolución de 1857 al propietario del hato de San Pedro al que pertenecía la montería donde estaban situados y pidió se le llamara para llegar a un acuerdo con él para que entregara reses a cambio de títulos al portador que Bonó le entregaría a nombre del gobierno revolucionario. Dio la casualidad que el viejo Isidro, como se llamaba dicho propietario, estaba ese día de visita en el cantón:

“Se nos acercó un viejecito como de setenta años, moreno, todo encorvado, pero listo y despejado, aunque apoyado en un garrote.

“-Siño Isidro, le dijo Santiago, éste es el señor Ministro de la Guerra.” Conversaron  sobre el tema y le propuso hacer el mismo negocio que en el 1857. El viejo recordó que suministró a los revolucionarios de entonces “más de docientas mancornas [que] me pagaron en Santiago en oro, señó, en oro todas y bien pagas”. Pero entonces, dijo a Bonó el viejo Isidro: “-Oh, ahora no se puede así, el enemigo etá en San Pedro y no deja sabanear.” La presencia del enemigo en sus tierras le impedía proporcionar las reses como hizo antes; en cambio, le propuso lo siguiente: “mande a coger reses de mi tierra, dijo, todas las que quiera, que después nos arreglaremos”.

Bonó le agradeció su gesto en nombre de la nación. A lo que respondió: “-No hay por qué, señó, los españoles me hieden a una legua.” El relato termina con una última observación sobre el modo de preparar el fogón por los soldados-monteros: colocando “tres estacas a una altura de seis pulgadas formando un triángulo rectángulo sobre los cuales se asentó un caldero…” El ministro, su invitado el viejo Isidro y sus asistentes se preparaban para almorzar antes de seguir el camino.

¿Qué aporta esta perspectiva a la historia de la Restauración? Esta es la cuestión que debemos atender, ya para terminar. Entiendo que la comprensión de lo que se ha denominado en nuestra historiografía el caos caudillista o la montonera revolucionaria, va a continuar sin ser explicada en forma apropiada si no abordamos la guerra de Restauración en la perspectiva “desde abajo”. La guerra restauradora y la política posterior no pueden comprenderse al margen de los cambios sociales, “la revolución social” de que habló Bonó. Ella trajo aparejadas nuevas expectativas de justicia social y participación política en la masa del pueblo, con reclamos de respeto social y racial, demandas de igualdad ante la ley, que reclamaban entonces con las armas en las manos.

No sobra repetir que esa perspectiva en nuestro país ya tiene sus primeros ejemplos en la obra de Sócrates Nolasco que lleva por título El general Pedro Florentino y un momento de la Restauración. Hace falta proseguir la tarea ampliar las preguntas para rebasar el marco psicológico de la historia de los de abajo que animó a este autor, y desarrollar un programa de historia social y político-cultural como pide este acontecimiento magno de nuestra historia contemporánea. Salvo excepciones, los filtros aplicados por el positivismo, el revisionismo y el historicismo de nuestra historiografía han contribuido de alguna manera a postergar la tarea. Sin la perspectiva de los de abajo, nos quedaremos solo con la historia “desde arriba”, y esta, cuando trate de explicar el carácter popular de la guerra, seguirá presa de las ideologías y los mitos que plantean la degradación de la raza o la indolencia del campesino con sus secuelas, como postulaba el primer López: la violencia, la imprevisión y la doblez... Continuará atrapada en el lenguaje del pesimismo o su reverso de la ideología del progreso, por tanto, muy lejos de la ciencia y de la verdad histórica. La búsqueda de esta verdad constituye un acto de justicia hacia esos campesinos-soldados-monteros; es, además, una deuda que hemos contraído con ellos todos los que hoy nos llamamos dominicanas y dominicanos.

Entretanto desarrollamos dicho programa historiográfico, rindamos tributo al pueblo dominicano, al soldado-montero de los cantones patrióticos de esa guerra, la que anunció el derrumbe de los restos del imperio español en América, y en la que triunfaron sobre un enemigo muy superior: hagamos memoria de aquellos hombres y mujeres anónimos que con su sacrificio y denuedo restauraron, o mejor, devolvieron de la muerte a la vida la República Dominicana. Muchas gracias.

Academia Dominicana de la Historia. Santo Domingo, 16 de Agosto de 2010. 147° Aniversario de la Restauración de la República.

 

Resaltados

 

Un nuevo libro de Alejandro Paulino Ramos: "El Paladión: de la ocupación militar norteamericana hasta la dictadura de Trujillo"

Está circulando desde el juveves 15 de diciembre el libro: "El Paladión": de la ocupaci...

 

Alejandro Paulino Ramos escribe: "Orígenes y trayectoria de la sociedad civil en la República Dominicana, 1916-1961"

 (Este ensayo acerca de los "Orígenes y trayectoria de la sociedad civil en la Repúblic...

 

20 de octubre de 1961: "!Libertad!, !Libertad! El grito de Octubre" y "Los masacrados del octubre de 1961"

 ¡Libertad! , ¡Libertad! El grito de octubre" y  "Los masacrados de Octubre del 1961"...