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Inicio Historiadores Ensayos José del Castillo Pichardo escribe acerca del exilio español, 1939: "Apología de un Exilio Mágico"

José del Castillo Pichardo escribe acerca del exilio español, 1939: "Apología de un Exilio Mágico"

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"Semanas ya se celebró en Santo Domingo un programa conmemorativo del 70 aniversario de la llegada al país de los refugiados republicanos de la Guerra Civil española. Con el auspicio de varias entidades, se rindió merecido homenaje al aporte de tantos peregrinos de la España eterna que plantaron su huella en tierra dominicana. Para fecundarla con múltiples saberes y el brazo laborioso de su gente. E insuflarle aliento -ellos que venían con la adarga descuajada- a los jóvenes que soñaban sueños libertarios en su media ínsula atrapada. Atrás quedaba la patria estremecida, ciudades destruidas, cementerios sin cruces, la voz apagada en la trinchera. El éxodo masivo -casi medio millón cruzó hacia Francia-, el campo de concentración. La travesía atlántica a bordo de buques atestados, con la fe puesta en ganar la América.

 

Aquí llegaron en miles, unos para dejar sus huesos y formar familia, otros para enrumbar hacia destinos más benignos: México, Puerto Rico, Estados Unidos, Argentina y Venezuela. Sembraron uva, ciencia, técnica, filosofía, matemáticas, historia, literatura, geografía, urbanismo, derecho, ingeniería. Fundaron escuelas modélicas, centros vocacionales. Organizaron bibliotecas, archivos e institutos cartográficos, cursos diplomáticos y consulares. Editaron libros, revistas, diarios y semanarios. Arrimaron el hombro en varios ministerios con sus destrezas técnicas. Armaron casas montañesas de corte vanguardista en Jarabacoa. Embellecieron Gascue con estupendas residencias. Revitalizaron el casco colonial con edificios comerciales y cambios de fachada. Montaron talleres de ebanistería, fundiciones y se integraron al comercio del paisano hospitalario.

Plasmaron en lienzos y murales, en papel cartón, carboncillo y lápiz, en madera y bronce, el arte que ayer sirvió al cartel combativo para galvanizar el pulso de la resistencia. Y así ganar el pan y dejarnos preñados de memoria plástica. Generosos, fraguaron escuelas de bellas artes. Ensamblaron orquestas sinfónicas. Compañías teatrales. Enseñaron el arte de la declamación y la actuación. Hicieron radioteatro. Dieron conferencias dictadas por sabios para especialistas. Cursillos para gente llana. Técnicas para formar archiveros, adiestrar cartógrafos, grafistas, linotipistas, cónsules, inspectores de trabajo, artesanos, fundidores y ebanistas. Talleres para enseñar a investigar, buscar y clasificar el dato histórico, redactar informes. Macerar metáforas poéticas y usar pedagogía moderna en la enseñanza. Pulsar el cincel y apretar la gubia. Mezclar colores en la paleta y revelar la plancha del grabado.

Entraron por la puerta de Don Diego, remontando a la vera del Alcázar y las Atarazanas hacia la calle del Comercio con su mercado y almacenes de provisiones, asiento de la vieja colonia tradicionalista, allegada al bando nacional. A la espalda, en la ribera oriente del Ozama, se alzaba Villa Duarte, a la que se llegaba en yola o cruzando el puente Heureaux vía la avenida España. Casas de paisanos, pensiones, hospedajes de hoteluchos, cuartos en renta, los acogerán a la espera del envío a las colonias agrícolas que el Benefactor ha dispuesto para ellos. "Hay que andar con cuidado" -pensó el viejo Grimau-, al arribar en 1939 en el trasatlántico La Salle y ver desde la cubierta el letrero "Dios y Trujillo". "Esto me da mala espina", comentó a la joven Teresa Pamies, fervorosa militante comunista desde antes de nacer. "De todos modos -completó el razonamiento- hay que salir de esta isla con la cabeza puesta sobre el cuello".

El Conde, ufano, se pobló de nuevos bríos y la vieja plaza Colón, con la Catedral al fondo, concelebró su presencia. Niños, mozuelos y damas adolescentes. Señoras y señorones. Hasta el presidente Peynado sentado en mecedora. Los cafés tertuliantes acogieron esta polifonía repleta de españolismos, catalanismos, galleguismos, vascongadas, salpicada con solos de otras lenguas de judíos europeos, acosados por la ola frenética de la "limpieza étnica" empujada por Hitler y su jauría. El Hollywood, La Cafetera y El Ariete, se nutrieron con la savia que desembarcó por los puertos de Santo Domingo y Puerto Plata, hambrienta del fruto americano. No sólo fue la piña sabrosa y jugosa, el mango fibroso y dulce, el coco de agua y su carne babosa blanquecina. El aguacate aceitoso y nutritivo. El plátano rebanado y frito recostado sobre arroz mezclado con frijoles. El guiso de res en salsa. El cerdo en puya con moro. El carite en escabeche. La yuca y el casabe. Y el sancocho prieto de viandas variopintas. 

También fue Güibia y sus frondosos almendros, las haraganas placenteras, la brizna yodada lamiéndole los labios en bendición marina. Mangos y cajuiles. Guaguas de dos pisos, casi festejantes. El paseo peatonal por la Bolívar techada de robles y amapolas con sus gallitos rojizo-anaranjados y las curiosas canoítas. Arcos de flamboyanes sobre la Dr. Báez y la Dr. Delgado y vainas sonajeras blandidas cual espadas. Fue admirar las buganvilias como aleros de galerías amables en los jardines de cayenas rojas, rosales, azucenas y hortensias. En medio de tanta floración primaveral, las jóvenes mulatas y trigueñas asomando el rostro grácil, balanceando el cuerpo ceñido por baticas vaporosas en gestación de polen. Vagar con la brisa marina a contramarcha por una aristocrática Pasteur que resumía múltiples estilos, osados, eclécticos, Coral Gables, art decó. De nuevo los almendros desparramando frutos verdes, amarillos, rojizos, morados, con esa nuez alargada y astringente, de sabor en boca delicado.

Tornar por la avenida Independencia arborizada con caobas, fresca, de casas solariegas y jardines cuidados. Descender al Malecón con sus moñas al viento de palma cana sanjuanera y las uvas de playa prodigando a ras de roca su combinación verde morado. Y allí esperar silente el ocaso como marinero en tierra, como lo hacía el aragonés José Ramón Arana para alimentar el alma. "La tarde, cobre y naranja, se ha tendido sosegadamente sobre la playa diminuta, blanca de pulverizadas caracolas y cristales de sal. Arriba, en el cantil más alto, tiembla una palmera al soplo leve del mar, y su sombra, azul, desmesurada, palpita blandamente en la arena. Hay un breve renovado galope de espumas -blancas como la carne del coco fresco- que va deshaciéndose con leve crujir de ramas tiernas."

Acercarse a El Conde, dejando atrás el parque Ramfis con su alargada pileta, columpios, barras, argollas, toboganes y subibajas. Traspasar el parque Independencia y su glorieta, cobija de juegos y retretas, el Teatro Independencia dominante, al lado el Centro Sirio. El césped bien cuidado, arbustos moldeados a modo versallesco, los bancos de hierro verde bajo pérgolas apacibles, coloquiales. La chiquillada retozando y los mayores murmurando. Una ciudad coqueta que se engalanaba en su principal arteria comercial y su patriótico acceso porticado. Tiendas de tejidos de todas las texturas, los maniquíes en las vitrinas exhibiendo la moda, el mejor calzado de estilo. Joyerías de italianos vistosas de pedrería, relojes y metales. Ferreterías asturianas. Librerías, cafés y restaurantes parlanchines. Pensiones. Una que otra sastrería. Sombrererías, mercerías, jugueterías y perfumerías. Barberías. Líneas aéreas, servicios cablegráficos. Tiendas de discos. La Tabacalera. Los cines del entorno (Olimpia, Santomé, Rialto y Capitolio). Edificios emblemáticos de una urbe que quedó atrás, carcomida por la baja estofa de los gobiernos municipales y la mediocridad palaciega. Amén de una indolente clase dominante.

Los refugiados españoles vivieron el bulevar de la Trujillo Valdez. Circularon por su paseo central peatonal y usaron sus bancos con nalgas. Bajo la luz amarilla de faroles románticos, acudieron a los teatros Julia y Travieso. Bebieron en el legendario Trocadero, se regocijaron en el parque Julia. Escucharon la sirena de La Nación anunciando noticias en la avenida Mella poblada de paisanos, de libaneses, sirios y palestinos. Era una Villa Francisca vitalista y embrujante, rescatada nostálgica por Marcio Veloz Maggiolo, memorista prodigioso.

Los molestosos mosquitos -con su transmisión palúdica y zumbido incesante-, los chinches en las colchonetas, las arañas y el ciempiés. El calor bochornoso que obligaba a la ducha. La rutina marcial. La guardia y sus redadas. El uniforme tieso y la vigilancia constante. El abuso del machete y el puñal destripador. O el simple tiro en la nuca. Oídos, ojos, boca con lengua, respiración -aun la artificial-, brazos y piernas, sexo, por supuesto. Al servicio del Benefactor y su pandilla. Son los malos recuerdos, junto a enfermedades tropicales tratadas en el Hospital Internacional: malaria, paludismo, tracoma, amebiasis.

Llamó su atención la cuestión de color. Tantos blancos hispanos y judíos, de repente, despertaron el interés de las doñas por colocar a las hijas casaderas. Las calles, de común teñidas de negros y mulatos, al revés de la verdad oficial del censo del 35: 71% mulatos; 16% negros. Pese, sorprendía la familia multicolor, seña de la mezcla. Curiosidad por el vudú, con sus deidades utilitarias y la cortina de misterios. El merengue, la danza, las fiestas de patio en las barracas miserables en San Carlos y Villa Francisca, salpicadas siempre de abundante ron. Algunos refugiados -socialistas o comunistas- auguraban una democracia proletaria capitaneada por los negros liberados del tutelaje de los pocos blancos y los mulatos dominantes. Sueño de una noche de verano bajo palmeras borrachas.

En "Xangó. Pasión y muerte del negro Blas", José Ramón Arana hace que el negro Blas, herido en fuga por la guardia tras participar en una huelga azucarera, sucumba en el mar. De una belleza poética simpar, el texto del aragonés coincide con la suerte que Juan Bosch le deparó al haitiano Luis Pié, atrapado en el fuego del cañaveral por culpa de un cigarrillo lanzado por un blanco. Invocando a sus dioses, Blas encuentra a Xangó, dios del trueno. Tambaleándose, sangrando, cae de bruces sobre la arena. "-Mi vida tiene muy poco que contar, Señor. Es la vida de un negro.../ Y otra vez escucha aquella voz tremenda. -No me gusta que te humilles, Blas. El negro ha sido hecho con zumo de caña, pulpa de aguacate y corazón de noche sin estrellas... /Te buscan los blancos, Blas. Los blancos, todos los blancos. Quieren saciar su odio en tus entrañas. No perdonarán nunca que les hayas mirado cara a cara, que hayas desafiado sus fusiles, que tus hermanos lleven por ti un sueño de libertad bajo la frente.

"En el blancor de la playa, Blas -pequeño bulto negro- avanza tambaléandose hacia el camino que le muestra Xangó./ Llega hasta el labio del agua, y siente su frescor en las plantas ardientes; luego en los tobillos, en los muslos, en la cintura abrasada.../Ahora está ciñéndole el pecho, murmurando bajo las axilas, adormeciéndose en sus hombros.../Y se detiene un momento, perplejo, desorientado, como dudando el camino. Xangó le empuja dulcemente./ -Adelante, Blas, adelante./-Ta bien, Señor./Da un paso más y el agua zumba en sus oídos, trepa sobre sus ojos, por su frente...Al sentirse caer, mueve los brazos con desespero, con angustia, pero las manos de Xangó siguen empujando, empujando siempre hacia la sombra y el silencio. Blas quiere vivir, zafarse de aquella muerte que se le enrosca por la sangre; volver al aire, a la luz, al regazo dulce y tibio de Caridá.../Y del remolino de sus ansias sólo queda un hondo chapoteo, un diminuto oleaje, un caballito de espumas que corre hacia la playa y se tiende a morir sobre la arena."

Tomado de: Diario Libre, sábado 10 de abril del 2010, de la columna Lecturas Conversando con el Tiempo, de José del Castillo Pichardo

 

 

 

 

 

 

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