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Nov 19
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El Fandango en la música popular dominicana: una revisión bibliográfica

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(Por: Alejandro Paulino Ramos: El autor nació en República Dominicana en 1951. Es licenciado en Historia, con especialidad y maestría en Historia dominicana. Miembro de la Academia Dominicana de la Historia, es profesor en la Cátedra de historia dominicana en la Universidad Autónoma de Santo Domingo y Subdirector General del Archivo General de la Nación).

A partir de una revisión bibliográfica somera, especialmente de la producida en Santo Domingo, podemos explicar la existencia durante toda la época colonial y hasta temprano el siglo XX, de un género musical que fue común en muchos pueblos de América y en especial de la zona caribeña, llamado fandango. El Diccionario de Autoridades de la Lengua Castellana (1726), lo señala como baile introducido por los que han estado en los reinos de las Indias que se hace al son de un tañido muy alegre y festivo. Por ampliación se toma por cualquiera función de banquete, reflejo de holgura, a que concurren muchas personas. Fandanguero es el aficionado a bailar el fandango u asistir a convites o festejos” . Como se puede establecer, el fandango fue baile a la vez que diversión y pasatiempo de muchos de los pueblos colonizados por España en América. Para Fray Iñigo Abbad y Lasierra, el baile de fandango en el Puerto Rico de finales del siglo XVIII, era la diversión más apreciada para esos isleños: “y rara vez falta en una casa u otra. En esos bailes participan centenares de personas de todas partes. Salen a bailar de uno en uno o de dos en dos; cada uno convida a una mujer (…). Si alguno de los circunstantes quiere bailar con la mujer que está bailando con otro, necesita pedirle licencia” .

El martiniqueño Moreau de Saint-Mery, describe el fandango, en su obra “Descripción de la parte española de la isla de Santo Domingo”  (1783), como un baile donde se acompañan de guitarra o con sonido de calabaza o maracas que agitan, mientras que William Walton lo describe en 1810, como uno de los bailes de Santo Domingo, más movido que el bolero y que también se acompaña de voz y guitarra, aclarando que las danzas que se bailan en el fandango, considerada por él como repulsivas por su obscenidad, no son practicadas en sociedad, la que ha adoptado el vals, además de la danza campestre española. De modo que el fandango ya muy temprano el siglo XIX, se le tenía como un baile y música de los campesinos de Puerto Rico y otros pueblos de la región caribeña, pero en el caso dominicano además era música y bailes de esclavos y libertos en contraposición al gusto musical de la oligarquía esclavista urbana.

Por su parte, Pedro Francisco Bonó en “El Montero” (1856), describe el fandango aclarando que no es una danza especial sino “mil danzas diferentes, es un baile en cuya composición entra: un local entre claro y entre oscuro, dos cuatros, dos güiras, dos cantores, un tiple, mucha bulla, y cuando raya en lujo, una tambora”.  

A Santo Domingo al parecer llegó el fandango a principio de la época colonial y se hizo tan popular que la palabra fandango fue sinónimo de fiesta, a tal punto que se olvidaron los dominicanos que había un baile llamado fandango.   Pero los cambios que afectaron la sociedad dominicana de la época republicana, en especial los relativos al surgimiento de la industria azucarera en el ultimo cuarto del siglo XIX, con su consecuencia migratoria y el desarrollo del comercio en todo el territorio, lo irán postergando y arrinconando en el campo hasta transformarlo en jolgorio y más tarde, en las primeras décadas del siglo XX, es muy posible que pasara a formar parte de  la base musical de lo que ahora se conoce como  bachata.

Durante la época colonial, con una sociedad extremadamente relacionada con el hato ganadero y su consecuencia cotidiana que lo era la montería, el fandango fue la fiesta popular de los dominicanos en contraposición a los bailes de salón de los reducidos núcleos de hateros, oligarquía esclavista y funcionarios coloniales. Mientras esto sucedía en el ámbito de los campesinos que se consideraban descendientes de los españoles, en el sector de los esclavos y libertos cuyas raíces remontaban a África, las fiestas de palos o atabales se extendían constreñidas por legislaciones prohibitivas que intentaban desarraigar de ese importante componente de la etnia dominicana las raíces ancestrales de una cultura que sobrevivía no sólo en Santo Domingo, sino en toda la zona de las Antillas.

Al fandango, baile cuya presencia está registrada en varios países de América, se le tiene tanto como género musical como sinónimo de fiestas populares y en el caso dominicano como fiesta campesina. Numerosas referencias sobre este baile aparecen en libros y ensayos: Ulises Espaillat, Eugenio María de Hostos, Pedro Francisco Bonó, José Ramón López, Francisco E. Moscoso Puello, Ramón Emilio Jiménez, Enrique Aguiar y Jaime Colson, entre otros, se refieren a esta diversión casi siempre campesina. Max Henríquez Ureña, en “La Conspiración de los Alcarrizos” (1941), novela que se desarrolla durante la ocupación haitiana (1822-1844), trae un diálogo registrado en una fiesta; no la fiesta de salón en que  bailaban los sectores altos de la sociedad dominicana de entonces, sino de una típicamente campesina de la primera mitad del siglo XIX:  “--¿ Y no sería mejor bailar en la sala del bohío? --¡Que va! Es muy chiquita. Además, el piso no es mejor que éste, que aunque de hormigón, es bueno y liso. (…). --¡ A bailar se ha dicho, señores!—gritó una voz.--¡Que venga la música!—dijeron otros. Los músicos se acomodaron en uno de los bancos; y Felipe empezó a cantar seguidilla. Andrés lo acompañaba, haciéndole de segundo.--¿Te atreverías a bailar fandango?—dijo Lico tomando del brazo a Altagracia.--¿Lo sabes bailar? --¿Qué muchacha nos sabe en estos tiempos bailar fandango, si ese baile gustaba tanto a los soldados españoles? (…). --¡Felipe, tócate el mejor fandango que sepas, para bailarlo con mi novia, o sigue con esa seguidilla, que para el caso es lo mismo!”   

Pero el fandango no era lo más popular en los grupos aristocráticos, los que preferían otras músicas y otros bailes: “--¡A bailar la tumba, a bailar la tumba!—profirieron varias voces.--¡Escojan sus parejas! (…). Las guitarras, acompañadas por el güiro, lanzaron pausadamente al aire las notas melancólicas, de una melodía tropical. (…). La tumba que se bailaba en la isla debía su nombre a la tumba andaluza, con la cual, sin embargo, mantenía poca semejanza.”  El autor aprovecha para describir lo que para él era el sincretismo que se iba gestando en la música dominicana y lo hace con la siguiente explicación: “La frase melódica era de sabor nativo, aunque en ella se advertía, como por lo general sucede en la música criolla, un eco de expresiones musicales de otras regiones del mundo, muchas veces de España y, al través de España, de los árabes. Pero imitar no es copiar; y si la música criolla imita, al imitar modifica y adapta la frase melódica al sentimiento nativo, dándole nuevo sentido musical. El ritmo de la tumba tenia efectos sincopados de tipo africano y por eso podía marcarlo con precisión el güiro.”  Imitación y adaptación van a constituir con el tiempo las bases, junto con la instrumentación,  de la música que se bailaba en fandango y luego en las bachatas.

En el baile relatado por Max Henríquez Ureña en los grupos de la alta sociedad hatera, aparecen los demás bailes en moda, como por ejemplo “el vals, que ya para entonces estaba de boga en América”. La fiesta de fandango va a recorrer la mayor parte del siglo XIX sin tropiezos, poro el país va a entrar en las últimas dos décadas del referido siglo en un proceso que podríamos llamar de modernización tecnológica, de apertura al mercado y progresivas inmigraciones. Esos cambios impactaron el campo dominicano y de paso hicieron entrar en crisis las fiestas de fandango, aunque todavía a principio del siglo XX estas seguían siendo importantes en algunas localidades del país. Nuestro poeta popular por excelencia, Juan Antonio Alix escribió una décima en 1894, en la que establecía la importancia de la fiesta de fandango: “Por esta sola razón/ Damos hoy a comprender,/ Que de todo ha de haber/ En esta celebración./ Mascaras una porción/ Por las calles las habrá/ Y por aquí y acullá/ Baile habrá de mucho rango,/ Y por doquier un fandango/ Eso jamás faltará”.  

En “Nisia: cuentos puertoplateños” (1898), José Ramón López describiendo la fiesta de fandango expone con cierta nostalgia como ya para ese año ésta comenzaba a transformarse. Explica el fandango aportando informaciones básicas para entender la transformación que comenzaba en este hecho cultural. López dice que en el fandango se tocaba el monótono acordeón, la tambora y el güiro “que componía la orquesta”. Se celebraba en una espaciosa enramada con suelo de tierra de donde surgía el polvo ennegrecido y se alumbraban con lámparas de petróleo. “El fandango terminó con copla retadora y en el arremolinamiento de la gente”  

Informaciones interesantes sobre lo arraigado que todavía estaba el fandango como fiesta popular campesina (que era lo mismo que decir nacional, ya que gran parte del pueblo era campesino ), a principio del siglo XX, en la que se bailaba merengue, tango, zarambo y otras músicas, aparecen en la novela El General Babieca y Patricio Flaquenco (1916), escrita por Jaime Colson y en la que el autor relata las luchas entre los partidarios de los bolos y coludos en las primeras décadas del siglo XX. En ella el General Babieca, personaje principal, le exigió a Patricio:  “Deja esa carrera, renuncié para siempre a los fandangos de la patria.—Pues mire usted—dijo Orlando—no renunciaré nunca al baile, aunque sea en la cuerda floja, porque en nuestro país el que no baila no figura, y el que no figura no vale, aunque tenga trabajo y virtud: Cantemos el tolelá./ Este mundo es un fandango/ y es menesterlo bailar./ Baile usted merengue o tango,/ que es mejor que trabajar./ En la lengua ser patriota/ es talento sin igual./ Saber rasguear una jota, / eso es ser ginbre social./ Saber beber aguardiente,/ saber jugar bacará,/ saber matar mucha gente,/ de ahí no se puede pasar. / Cantemos al son del güiro;/ Salga una moza a bailar./ Tire usted al aire un tiro./ Y no hay mejor general/. Patricio no esperó la contestación del General Babieca, pues no pudo contenerse al ver salir una moza bailando un zarambo al compás de un acordeón, una tambora y güiro”. Como se ve, el fandango estaba muy relacionado con el baile, el aguardiente y la violencia. Esto fue una constante en Santo Domingo, al igual que en Cuba y Puerto Rico, como queda establecido en otra parte de su novela, en la que Colson trae el siguiente verso y dejando establecido que el fandango seguía siendo parte importante de la identidad musical dominicana: “Es fandango la vida que llevamos/ nosotros los que vamos a pelear/ sobre las ruinas del país bailamos/ al compás de Dios, Patria y Libertad/ Donde quiera que plantamos la bandera/ sagrada tricolor de la nación/ y lucha el ciudadano como fiera/ para cantar, bailar y beber ron/”   

El vocablo fandango, para nombrar la fiesta campesina, fue desapareciendo durante los primeros veinte y cinco años del siglo XX, y sustituido por jolgorio y bachata tanto en las ciudades como en los campos dominicanos. En esto incidió mucho las transformaciones económicas fruto del proceso de industrialización y la llegada de miles de inmigrantes puertorriqueños y cubanos desde finales del siglo XIX. De todo modo, el campo resistió y en muchos lugares del Cibao y se puede apuntar como hipótesis que fue en la región Sur de la República Dominicana donde por más tiempo prevaleció. De todo modo, desde hace décadas  la música y baile de fandango dejó de existir en el país, inclusive desapareció del léxico popular; sin embargo, su presencia en la bibliografía revisada,  obliga a una investigación más acabada acerca del significado histórico-cultural de esta música entre los dominicanos.

(Nota: una parte importante de este artículo forma parte de la tesis de Maestría en Historia presentada por Alejandro Paulino Ramos en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (2006), con el título: “La cultura del Caribe hispano en el surgimiento de la  Bachata dominicana”).

 

 

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