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Leoncio Pieter, la Bachata y los Patios de Villa Francisca

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Leoncio Pieter, historiador de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, escribíó varios ensayos sobre la vida en los patios y en las calles de la barriada de Villa Francisca, durante la dictadura de Trujillo. El ensayo titulado originalmente "Vidas de patios", describe con naturalidad y gracias como se vívía en los callejones y cuarterías de la famosa barriada, la más importante de las surgidas fuera de los límites de lo que fue la zona intramuro o zona colonial.

 

(El presente trabajo contiene informaciones aparecidas en la tesis de maestría “La cultura del Caribe hispano en la bachata dominicana”, presentada en la Facultad de Humanidades (UASD), en el año 2005, además fue publicado por Alejandro Paulino en la revista Vetas, a mediado del 2006)

Leoncio Pieter fue, durante los “doce años” de dictadura del doctor Joaquín Balaguer (1966-1978), uno de los paradigmas de la enseñanza de la historia en la Universidad Autónoma de Santo Domingo y quienes fueron sus alumnos lo recuerdan reclamándose discípulos de este jovial intelectual y abogado, que enseñaba dándose por completo en cada lección.

Su forma de enseñar se alejaba consciente del tradicional examen y obligaba hasta el cansancio a leer y estudiar los libros de historia, discutir sus contenidos, reflexionar sobre los planteamientos, explicar la causalidad sin descartar la casualidad, pero observando siempre que si queríamos ser historiadores y conocer nuestra historia no debíamos perder el tiempo leyendo las interpretaciones que estaban en boga para entonces y que la clave estaba en leer, investigar y estudiar directamente de las fuentes históricas.

En cada lección al caer la tarde, pues Leoncio Pieter impartía la asignatura “Historia de la Nación Dominicana”, el hecho histórico fluía de sus labios matizado con anécdotas relacionadas con períodos, personajes, revoluciones civiles, caudillos que negociaban la patria y la presencia del poder imperial que transformaba la República Dominicana. En cada lección, las experiencias vividas brotaban con palabras convertidas en  imágenes, hasta que él tomaba su paraguas y recomendaba la próxima lectura del documento que ya muchos historiadores habían olvidado.

De este maestro que sentíamos  como amigo, pues de sus labios no esperábamos improperios, leyendo la revista Cuadernos de Cultura (publicada en los años cuarenta y comienzo de los cincuenta), descubrimos su interesante ensayo sobre la vida de los patios, aquellos que se expandieron temprano por la barriada de Villa Francisca empujados por la destrucción del ciclón de San Zenón (1930), y legislaciones que prohibieron a los pobres de la ciudad construir sus viviendas techadas de yaguas y paredes de tablas de palmas u otras maderas en toda Zona Colonial, Ciudad Nueva, Gazcue y en los ensanches de clase media que surgían al sur de la ciudad.

En “Vidas de patios” resaltan las críticas a la pobreza, la marginalidad, las migraciones campesinas, el hambre y la falta de esperanza en una Villa Francisca donde cada patio era un barrio de los de allá en la “Parte alta” y donde moraba la Colina Sacra de Domingo Moreno Jimenes, mientras el bienestar, la educación, la buena vivienda y la exquisita vida era del disfrute de los que se hallaban  en  “El Llano” dueños y señores de oportunidades prohibidas para los de “Villa”, ese  sector que ahora conocemos como Villa Francisca y que inició su aparición en 1912, en los terrenos propiedad de Juan Alejandro Ibarra.
Villa Francisca que fue lugar donde antes se celebraban corridas de toros y “el antiguo Galindo, donde –dice Mosoco Puello- gocé de tanto toros con veta,” se convirtieron en las primeras décadas del siglo XX en lugares de residencias de los que ya por lo limitado del espacio o por sus condiciones económicas, no podían vivir en la zona colonial ni en Ciudad Nueva, destacándose como la contraparte de las zonas de los pudientes, definiéndose en sus pobladores comportamientos culturales que hasta ese momento eran desconocidos por los capitaleños: “Villa, es un emporio de personas singulares y trabajadoras. En cuartearías de los patios, --en alguno de los cuales se llega a contar hasta cincuenta familias,--es de donde salen los refranes y frases pintorescas más populares que de boca en boca corren por el pueblo”
 
Esta barriada simbolizó en aquellos años anteriores a 1961, la marginalidad de una población cuyo único delito fue la falta de recursos y facilidades para vivir en mejores ensanches y bienestar. En Villa las fiestas de bachatas y la bachata misma alcanzaban la transformación que la convertirían con el tiempo en parte del pueblo, extendidas sin límites en un espacio libre de los prejuicios aristocráticos. “En Villa comenzaba “la vida nocturna de Ciudad Trujillo. (…), los donjuanes a la hora divina del crepúsculo, se encuentran en sus esquinas (…). En repetidas ocasiones el capital individual es muy poco, lo que quiere decir que apenas se han calentado el pico, se presenta el infinito problema de hacer un serrucho entre los que se encuentran reunidos. ‘El ambiente está muy bueno para uno irse ahora’, acostumbran a decir. Los discos de moda repercuten tras de cada trago. Unos piden una grabación de Daniel Santos y otros uno de los populares merengues. (…), hasta que una voz chillido resalta, que no es otra que la mujer descarriada, solicitando” una canción de amargue. 

El corazón de Villa lo fue la hoy Avenida Duarte, la que durante la dictadura de Trujillo era conocida con el nombre de José Trujillo Valdez, padre del tirano y también como la calle de los bancos, por tener en medio de la misma una calzada con innumerables bancos para esparcimientos de los moradores. En esa arteria y lo que hoy es la Avenida Mella se encontraban los más populares sitios bailables de entonces, como los eran el Trocadero y  Melitón: “De la avenida Mella (…)—parte la avenida José Trujillo Valdez--( hoy Avenida Duarte)--, con  su dos amplios y limpios ramales separados por un arriate central poblado de árboles de un eterno verdor. (…). Iniciamos la caminata en el popular café al aire libre El Trocadero, y enseguida pasamos frente al teatro Max (…). En los dancings de los suburbios la alegría ha subido de punto para convertirse en frenesí…Cercano el amanecer, las velloneras siguen roncando y su música parece que perfora la oscuridad de la madrugada. En diversas partes se ven grupos de guitarritas y trasnochadores que esperan la salida del sol”  

También en Villa Francisca, para los años cincuenta, existía un club al lado del parque donde los obreros se divertían “en sociedad” y la bachata se dejaba sentir en la cultura popular: El Centro Social Obrero o la “Casa del Obrero”, quedaba en la calle Enriquillo esquina José Martí, donde ahora está el parqueo de una tienda de electrodomésticos. La intelectualidad se escandalizaba con la vida que llevaban los habitantes de Villa y como política de Estado iban a esa sociedad en condición de conferenciantes para llevarles la “civilización” y alejarlos de la bachata: “Todavía están latentes aquellas noches de arte, cuando Carlos Curiel nos habló de música, González Tirado, de Chocano Herrera de sus maravillosos viajes por todo el continente; cuando Carlos Lebrón Saviñón nos regaló su brillante recital, porque son momentos inolvidables para todos los hombres de aspiraciones y superación.  Esperamos de los señores “dirigentes” Avenida Mella que  está en la misma Villa interés a la cultura, menos amor a la “bachata”, así contribuirían más eficientemente con el actual orden de cosas tan maravillosamente implantando por los altos organismos del Estado y no a la degeneración del espíritu…recordemos a tiempo, que somos la Cuna de la Civilización Americana”. 

Pero miembros de la alta sociedad, que a la luz del día rechazaban la cotidianidad de los habitantes de Villa, en las medianoches, cualquier noche de la semana subían la cuesta que llevaba al corazón de la barriada y se mezclaban con los habituales concurrentes de los más clásicos lugares de diversión y friquitines de la zona: Se “dejan oír las notas de guitarras y maracas, y los versos improvisados de romanitos que tras de cada copa atienen para la concurrencia. Es Villa Francisca el barrio donde no pasa un sábado o domingo, sin que no se haga una fiesta. Las que comienzan con la mayor alegría y entusiasmo, pero cuando el licor comienza a hacer sus efectos, la cosa se pone fea y casi siempre terminan en serias broncas. (…). Los clientes de los negocios predilectos del barrio, tales como “El Trocadero”, “El Pino”, de Claudio Handley (Melitón) , (…), el Palacio del Dulce, de Manuel María Peña, y otros, no tienen preferencia con las horas, en plena doce meridiano no es nada raro ver a un grupo de los llamados pichirles, ingiriendo bebidas alcohólicas “por un tubo”, deleitándose al mismo tiempo con los aires musicales de moda. Si a los clientes de los mencionados cafés les simpatiza el nuevo disco de Boby Capó, puede darse por seguro que días después esa misma grabación estará en boga por los distintos lugares de diversiones de la Ciudad. Esa cofradía no repara en llamar a las emisoras: La Voz del Trópico, HIG, HIZ, y además para que les pongan esos discos y de ahí que, la nueva grabación en un corto plazo de tiempo, el pueblo esta silbando y cantando la composición.”

En esos tiempos, expone un locutor en un breve ensayo que circuló en los años cincuenta, se hizo tradición entre los que visitaban la barbería de “Morillo”, a la hora de cerrar el negocio marcharse a “pasar horas de la madrugada en unos de los patios celebres de Villa con una guitarra, se cantaba y tras de cada copa de licor surgían los versos.”  

Sea la reproducción de aquel ensayo sobre los patios de Villas publicado hace ya cincuenta años, y escrito por Leoncio Pieter, un homenaje a quien desde hace más de veinte años no hemos vuelto a encontrar, esperando con todo el corazón que esté lleno de vida recordándonos siempre la importancia de investigar y estudiar las fuentes.


“Vidas de Patios”
Por:   Leoncio Pieter.

Ciudad recóndita.
Cuando se dejan las calles asfaltadas surge una Ciudad Trujillo apretujada: bullir de afanes e incensario de supersticiones en donde la vida es fruta silvestre. Allí están las viviendas de patio, en las que se arrinconan las gentes cual chivos desamparados defendiéndose de la lluvia bajo reducidos aleros.

Como la mayoría de las casas de las alturas tienen anchurosos patios, los propietarios aprovechan el espacio y edifican miserables casuchas antihigiénicas, que las gentes de reducidos recursos económicos se ve precisada a utilizar por no alejarse del “centro”, en donde encuentra el sustento.

Las características de estas cuartearías de patio es variable. Las hay sencillas, dobles, en forma de martillo, angulosos, uniformes, apiñadas y esparcidas. A veces son tan profundos los patios y tantas las cuartearías, que semejan laberintos.

A un extremo de una casa cualquiera del barrio hay un callejón que desemboca en un abigarrado patio, donde cual casas de muñecas se levantan dos hileras de casuchas separadas por un pasillo estrecho: el patio del patio.  Estas casuchas de siete metros cuadrados están construidas con zinc de todas las procedencias y maderas de todos los deshechos. Las dividen seos bajos prodigiosamente remendados. Los pisos son de cemento. En el fondo de la cuartearía una mata cobija una letrina de olor de todos los demonios. El terreno es arcilloso y humedecido por el eterno goteo de la pluma del agua que está al comienzo del patio y por las aguas de todos los lavatorios. Existen pocos candados: la gente sale y deja sus “corotos” confiando en que el vecino le eche el ojo. En los días normales los inquilinos realizan sus necesidades en el fangoso patio. En tiempo lluvioso todo se hace dentro y el humo apretuja los pechos…

Allí arrojó el destino a los capitaleños abúlicos y a los Icaros que dejaron sus conucos y aldeas por las calzadas lustrosas y las congestionadas aceras de la capital.

El patio, floración de penumbras…Una madre purifica con sus lágrimas el error de un momento: inocente querubín que gatea en el lodo. Discuten dos comadres. El treponema pálido hace malabares en el cerebro de una que otrora fuera juguete de un potentado. Entre trago y trago el bohemio musita a Neruda. El guitarrista entona, la lavandera se afana, una domestica cesante de tijeras a su ex patrona, un ratero se mantienen a distancia, arruga el rostro y lamenta su miseria un indigente; mientras en el más apartado cuartucho un mendigo prestamista hace el recuento de sus haberes.

En algunos patios un artefacto musical llamado “vellonera”, colocado en el fondo de una habitación más ancha que las corrientes, constituye el cabaret donde remolinan “busconas” que sueñan con prodigar los impetuosos arrebatos de la edad dorada de sus primeros amores, y hombres de la más detestable calaña.

Alojan, asimismo, los patios, ebanisterías, carpinterías, zapaterías, fábricas de bloques y de velas, jabonarías, chocolaterías, hojalaterías, talleres de toda clase de reparaciones y fabricas ocasionales de juguetes y fuegos de artificio, así como raros estudios fotográficos.

 La faena en estos micros talleres se realiza en los recoveros del patio. La casucha es el depósito de las herramientas y de los trabajos concluidos, que son despachados con una celeridad asombrosa, pues a los patronos obreros les urge la plata.

La vida del patio varia según el día sea o no feriado. Los laborables, de seis a seis el patio es agitada colmena de patronos obreros, lavanderas, planchadoras, zurcidoras, tejedoras, bordadoras y demás féminas que ejercen oficios de ocasión. Es al terminar la faena diaria cuando cobra alegría la canción de la vida, que aquí es agridulce y salobre con el irresistible embrujo de una mujer acogedora y fatal.

El domingo es el día del obligado descanso después del duro batallar de la semana y del jolgorio del sábado. Aún de mañanita los inquilinos se lanzan al pasillo y forman tertulia: unos juegan a la lotería, otros al domino y a la caída y todos sazonan su solaz con el dulce y el refresco dominguero mojado con uno que otro trago.

A veces el patio amanece “prendío en candela”, pues aunque priven las mejores intenciones, el hacinamiento origina rozamientos. El motivo es cualquiera y acecha en el amanecer en que a un prójimo le madruga sin el café y a otro le sonríe la vida y cana su alegría.  Necesario es que surja la pendencia en ese instante en que niños, mujeres, hombres y animales se lanzan al patio a hacer turno junto a la única letrina. Y por otra parte, ,!cómo no ha de haber “jaladora” en esa bendita pluma del agua de la que todos quieren beneficiarse al mismo tiempo!
La hora del pago.
El sábado en la arde Ciudad Trujillo revive….En la hora del crepúsculo las cuestas que comunican el “centro” con las alturas se nublando genes ansiosas de llegar cuanto antes a sus hogares.
¿Quiénes son estos seres? Son gentes de aquí, de allá y de todas partes.  Proceden del Cibao, del Sur, del Este y del Oeste; tránsfugas de todos los campos y aldeas transformados en jornaleros, artesanos y negociantes. Este amasijo humano se deshace de su semanal en tiendas, pulperías, colmados, cafés, compraventas y farmacias. Se apodera de los ómnibus y hormiguea por la calle Abreu, la avenida Mella y la Trujillo Valdez. Cruza los callejones, entrada de los patios, llena las cuarterías y realizadas sus necesidades se adormecen a las puertas de sus casuchas.

Es entonces cuando voces silenciosas recorren el patio presagiando explosión de alegrías, pues todos ansían aliviar la cruel hostilidad del presente. En la diversidad de sus existencias hay un deseo común, una rabiosa ansiedad que anuda sus vidas: ¡salir del patio!

De espaldas a la calle y ante la inutilidad del esfuerzo semanal realizado, cada cual lamenta su suerte:
Feliz en su humilde predio vivía el campesino, mas la carretera le desorbitó las pupilas y se fue tras el carro. Fue carretillero y estibador, y ahora trabaja en las obras portuarias. Quisiera volver a sus lares, pero el fuerte orgullo lo detiene: “No bojberé ata que no té en condicione”…Y en espera del bienestar que se le escurre, pasa los dais en atolondrada soltería hasta que unos salerosos ojos pardos lo fusionan para siempre al barrio del patio.  Sus retinas buscan en el vacío panorama un trasunto de la abandonada labranza que dulcifique la remembranza que lo desgarra; pero el patio le muestra la hiel de su presente: ¡Yace en el patio cual sedimento de playa abandonada y pestilente!

Cansado el cuerpo y extenuado el espíritu, sorprende el sábado al aldeano. Entonces, las reminiscencias llenan su alma y los dulces recuerdos hacen más cruel su presente. Se le humedecen los ojos y sufre retortijones en su ser al evocar su tranquilo pueblo con el viejo campanario de la humilde iglesia, el dulce murmurar del arroyo, la cañada umbrosa donde descifró por primera vez los misterios del amor, las fiestas, la encantadora esquivez de las doncellas y el recuerdo de la mozuela que se arrebolaba ante sus insistentes miradas…

Pero la más desgraciada de las existencias es la del capitaleño que se perdió en las ratoneras de los patios. La hiel lo retuerce. No baja al “centro” para que no lo vean mal. El necio orgulloso lo mantiene aislado y las remembranzas que a otros florecen el alma desgarran a este derrotado que pretende imponer ascendencias proclamando la vida acomodada que disfruto “allá abajo”, cuando era gente. Continuamente se lamenta: “Cuando mi familia bateaba.” “Nada me llama la atención, pues yo disfruté de todo…” Vida miserable la de estos seres a quienes la vanidad les impide enfrentarse a su infortunio.

En un camastro yace el estudiante que desoyendo los consejos y lagrimas paternales dio la espalda a su estirpe, se encenagó en las “velloneras” y se tornó bohemio. Entre trago y trago acaricia su guitarra, hilvana ensueños y bloquea: “Pronto vamos a entrar en las tinieblas frías. Adiós, claridad corta de mis alegres horas.”

En el patio hay un hombre recio, producto del patio. Cuenta dieciocho años y estudia el bachillerato. Piernas largas, ojos esperanza y sobre todo, presumido. Nació en Galindo y es limpiabotas. Su vida es incesante galopar de fauces sin bocado. Habla de todo y asegura que de los encontronazos de la encrucijada hostil saldrá con el orbe prisionero en su puño fuerte.

Prima noche del sábado
La gente del patio siente imperiosa necesidad de alegrarse al percibir el estrepitoso espectáculo de la populosa barriada en la prima noche del sábado.  Panorama de emociones fuertes en el que las gentes parecen estar animadas del movimiento continuo: van y vienen, entran en el billar, se deslizan en las compraventas, salen de las pulperías, se detienen en las farmacias, invaden los friquitines; mientras los billeteros pregonan y gritan los maniceros, se insolentan los borrachos, discuten las comadres, en una esquina una amante abandonada “lava” a su rival triunfante y arropándolo todo, ensordecen las sirenas de la Policía, truenan las radios y a lo lejos resuena el bongó de una sesión de luá.
El holgorio del patio comenzó cuando dos campesinos improvisaron décimas deslucidas acompañándose con un cajón, palitos, cucharas y un guayo. Al poco se incorporaron al fermento sabatino un cantante, un maraquero y un guitarrita. El merengue “a medio brazo” rodó por la cuartería, brilló la sonrisa en todos los rostros y las gentes de todas partes fueron llenado el patio.

“Yo benía de Moca y pasé por Bonao,
Y a mi me dien agua en un jarro pichao…
Pichao, pichao, ete jarro ta pichao..”

Y todo el mundo cantaba y se acompañaba a su modo: “Pichao, pichao, ete jarro ta pichao…”
La música candente incendió la sangre y se bailó hasta en el lodo…
Juan Etanislao, pintor de brocha gorda, hace tanto tiempo que vive en el patio que ya perdió la cuenta.
--Ya toy jalto de ta en ete maldito patio. To tamo embromao. Mi mujé ta malográ y mi sijos ¡ay mi sijos!
Tani se complica la vida por que sí. La brocha no le produce gran cosa, sin embargo, cada nuevo verano le trae un hijo que aumenta sus zozobras. Es que Tani dice que a los pobres no les queda otra cosa..
Sin dinero y con varios meses de alquileres atrasados, ve el holgorio; mas, no se interesa. Es que no tiene ni para una “tercia”. Pero sus amigos, ya en calor, lo invitan:
--No sea sonso, Tani, benga, péguese un trago.
Mientras le sirven el petacaso, Tani arruga el rostro, moja los labios, mira el suelo y se lamenta: --Quie ba a tené gana de ná…
--Déjese de sanganá, Tani, uté bien sabe que lo probe semo como quiera.
Las sucesivas libaciones bañaron de alegría su vida y azulearon su horizonte.
Mientras un agente de la Policía y un soldado bailaban de “Joyaito”, Tani a medio palo, aseguraba: --Yo namá toy eperando una de la casita que han hecho pa nosotro en Galindo. Allá taré como lo blanco.
Se tomó un trago de tres dedos y gritó: ¡Que biba Trujillo!...
Hay dos casuchas en las que no ha entrado la fiesta: en la de un viejo impresor en la “lona” y en la de un joven barbero y su mujer. Son capitaleños que siempre están con las puertas cerradas y a los que parece que no les interesan ni las penas ni las alegrías del patio.
--Déjelo que tenga un doló abé, --dijo despectivamente una mocita.
“Yo benía de Moca y pasé por Bonao,
Y a mi me dien agua en un jarro pichao…
Pichao, pichao, ete jarro ta pichao…”

Son las cuatro de la mañana. José Brito tiene turno en el barco que llega al amanecer y no quiere perder el “chance”. “Lo brasero tamo muy deseplinao”. Se toma el último trago y se marcha cantando:  “Pichao, pichao…este jarro ta pichao…
¡Se acabó el romo!

 (Leoncio Pieter.  “Vida de patios”.  Cuadernos Dominicanos de Cultura, Año IV, núm. 44, abril de  1947)
 

 

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