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El Miguel Holguín-Veras que Conocí: Palabras Para Un Amigo Ido a Destiempo

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Como lo Conocí:
 
Trabajaba desde 1973 en la Biblioteca Central de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, que para entonces se encontraba en el edificio de Anatomía. Comencé a notar la presencia de un investigador que, al caer la tarde, visitaba la Sala Dominicana para solicitar raras colecciones de periódicos del siglo xix y del primer cuarto del xx. Corrían los años ochenta y recién me había graduado de licenciado en Historia, por lo que sentía curiosidad por los temas requeridos por Don Miguel: escritores, artistas, músicos que habían trascendido pero que en aquellos tiempos parecían olvidados por los dominicanos, acontecimientos culturales, políticos, colecciones de revistas literarias, en fin, una variedad de temas relacionados con la historia y la cultura dominicana.

La presencia cotidiana del Ministro, como luego lo bautizamos, permitió que naciera una amistad que perduró hasta el día de su muerte, casi al finalizar diciembre del año 2007, la que se convirtió en una especie de relación de maestro-alumno, pues sin pedirle permiso en cada contacto me nutría de sus conocimientos. Así fui despertando en mi la necesidad de conocer nuevos temas, movimientos literarios, momentos de la dictadura de Trujillo, en fin nos fuimos haciendo amigos y a través de su amistad, la del novelista Edwin Disla.
 
Amigos Comunes y la Revista Tambor
 
Para Edwin y para mi, como ya les dije, fueron tiempos de aprendizajes, pues en ocasiones Don Miguel aprovechaba para contarnos episodios de su vida acontecidos en los años de la dictadura de Trujillo, pero en especial siempre nos hablaba de sus planes culturales, de su afán en pasar inadvertido pues no le gustaba hacer alarde de poseer una basta cultura y un importante  conocimiento literario. Era como una contradicción: por un lado, quería mantenerse en un perfil bajo como intelectual, pero a la vez sentía necesidad de escribir y de que sus ensayos y obras fueran conocidas y aportaran algo a la sociedad dominicana.
 
A través de él conocí en aquellos días a la escritora Mélida García y su compañero y compueblano Lorgio Núñez, novelistas, cuentistas y pintor que para entonces hacían de la Universidad el espacio de sus vidas. Mis nuevos relacionados, que devinieron en amigos, coincidieron Con el Ministro y conmigo en un proyecto que había nacido del interés del primero: fundar una revista que sirviera de expresión al grupo que se estaba constituyendo a su alrededor. Juntos, en interminables reuniones de discusión y definición de lo que sería ese medio cultural, surgió la revista Tambor, nombre con el que retumbaba el sonido africano anunciando el nacimiento del medio literario y cultural que se proponía ser: un espacio para los jóvenes y desconocidos, y para los que ya tenían un espacio ganado en el mundo cultural dominicano.
 
En Tambor participaban, además del grupo señalado, el radiodifusor Homero León Díaz quien ya tenía la pequeña pero interesante revista Prontuario en la que Don Miguel participaba. En el hogar de Don Homero, en la segunda planta de un apartamento de la Avenida Independencia, realizamos varias de las reuniones para discutir sobre la temática que debía contener cada número la revista Tambor, cuyo primer número fue puesto en circulación en un exitoso acto público celebrado en el Hotel el Napolitano. En la mesa principal de aquel acontecimiento cultural se encontraban el Profesor Juan Bosch y recuerdo que también estaban Mateo Morrison, Manuel del Cabral, el poeta puertorriqueño Palé Matos, y Don Mariano Lebrón Saviñón, además de una amplia representación de poetas, novelistas, ensayistas y políticos. En el Consejo directivo se encontraban, además de Don Miguel que era el director, Mélida García, Homero León Díaz, Lorgio Núñez, Alejandro Paulino Ramos y como colaboradores Don Mariano Lebrón Saviñón, Dato Pagán Perdomo y Mario Bonetti.
  
Por el éxito de la puesta en circulación, días después fuimos invitados por la televisora  Teleantilla, para que la promoviéramos por su medio televisivo. Me lo comunicaron y pensé que el más idóneo para ir al canal lo era el Ministro, pues como dije él era el corazón y símbolo de la publicación,  y así se lo hice saber de inmediato. El canal comenzó a promover la presencia de Don Miguel como el “Editorialista invitado”, pero horas antes de su presentación en vivo me llamó y me explicó que no podía ir al programa por encontrarse enfermo, lo que provocó que del canal el periodista Moisés Blanco Genao me llamara y criticara lo que él entendía era una “irresponsabilidad”. La verdad era que Don Miguel no quería aparecer por televisión, pues decía que a él no le gustaba el “figureo”. Le bastaba la existencia misma de la revista, pues él personalmente no tenía interés en promover su persona, pero los demás entendíamos que no era contradictorio con e fin de la publicación y que debió ir a la televisión. Aquel insignificante incidente provocó un breve espacio de tensión entre algunos de los que estábamos comprometidos con la publicación, porque pensábamos que estábamos perdiendo la oportunidad de promocionar la publicación.
 
Luego, cuando circuló su segundo número de Tambor nos fuimos todos, incluyendo a Edwin Disla, a promoverla en la ciudad de San Francisco de Macorís. Con ese fin Don Miguel y Edwin antes se habían traslado a Santiago. En Macorís realizamos una tertulia en un teatro que tenía en su propio hogar el teatrista Radhames Polanco. Él y su esposa nos atendieron aquella noche como verdaderos reyes. Después de la exitosa presentación, nos fuimos a un restaurante frente al parque Duarte de esa ciudad, donde cenamos en compañía de los anfitriones. La tertulia se prolongó hasta bien entrada la noche, y al día siguiente regresamos a Santo Domingo.
 
De la revista circularon unos veinte números, pero cuando íbamos por el siete ya entendíamos que estaba llenando las expectativas soñadas, aunque varios problemas comenzaban a preocuparnos: el más difícil y angustiante era el del financiamiento de la revista, pues no bastaba tener buenas colaboraciones y un equipo aceptable de editores. Era necesario contar con los recursos para su impresión. Todos salimos a buscar el dinero que faltaba, todos pusimos de nuestros propios bolsillos (quien más aportaba era Don Miguel), buscamos anuncios publicitarios pero las publicitarias no nos apoyaban pues no creían (creo que todavía no creen) que a la cultura había que apoyarla, además de que entendían “que no vendía”. Entonces salimos a venderlas en las calles de la zona colonial y los pasillos de la Universidad Autónoma. Recuerdo que un día conseguí un anuncio que facilitó la salida de una edición. No importaba, lo más significativo era no dejar caer aquel instrumento de cultura. En varias ocasiones Don Miguel se despojó de sus pocos ingresos para invertirlos en la salida de Tambor. Realmente él era el alma de la revista y el que más preocupación mostraba en que ella circulará. 
 
Final de la Revista Tambor
 
Pero llegó un día en que la crisis de la revista comenzó también a provocar otras dificultades en el grupo. Se realizó una reunión en el patio lateral de la residencia de Don Miguel, frente al Instituto Oncológico, y allí terminó la vida colectiva de la revista: Se plantearon críticas, se discutió sobre el problema financiero, y la modificación del consejo editorial. En mi caso, Don Miguel planteo que yo no debía seguir colaborando con una sección llamada…Biblioteca de Actualidad, pues para impulsar y dar nuevos bríos a la publicación necesitábamos personas con más renombre literario, que se encargara de escribir permanentemente los asuntos relacionados con los libros. Se requería de un verdadero crítico literario, como por ejemplo Don Mariano Lebrón Saviñón, y como yo era un desconocido en ese mundo quedé fuera del staff de la revista, aunque me mantuve vinculado a ella, pues mi amistad con Don Miguel estaba por encima de mi participación en aquel proyecto. Recuerdo que en unos de mis viajes a Nueva York en esa ciudad  se estaba celebrando la feria del libro dominicano, en una estación subterránea del tren, en el Alto Manhattan. En esa feria vendí unos quince ejemplares de la revista y regresé contento pues seguía colaborando con el proyecto. 
 
No recuerdo que pasó en relación con Melida García y Lorgio Núñez, se que los dos también se alejaron de la revista y el Ministro siguió enfrentando casi solo los desafíos de poner a circular cada número, incluyendo el costo total de la publicación. En ella está una parte importante de los ensayos de Don Miguel que todavía no se han publicados y que la familia en algún momento los recopilará y presentará como una de sus obras, como merecido homenaje a un intelectual que tuvo como sueño permanente el engrandecimiento cultural de su patria. 
 
Las Tertulias junto a Don Miguel
 
Pasaron los años y la revista dejó de circular, pero nuestra amistad se consolidó formando una especie de trío en el que participaba el ingeniero Edwin Disla. Juntos leíamos los ensayos que íbamos preparando para darlos a conocer, nos apoyábamos en la búsqueda de información, participábamos en las correcciones de los ensayos, cuentos y novelas que pensábamos publicar. Recuerdo cuando decidí participar en el concurso sobre la Vida y obra de Ercilia Pepín celebrado en 1986 y auspiciado por la Fundación Consuelo Pepín,  en el que obtuve el primer premio. Desinteresadamente Don Miguel me entregó una larga bibliografía sobre la educadora de Santiago, la que guardado por años, fundamental para que yo pudiera escribir aquel libro y de paso me ayudó por meses a localizar la documentación que necesitaba para salir airoso de aquel reto, en el Archivo General de la Nación, institución en la que laboró por décadas y en la que llegó a ocupar el puesto de subdirector.
 
Mi relación con Edwin Disla data de aquellos días en que este joven, inspirados en la revolución triunfante en Nicaragua, escribió la historia del fin de la dinastía Somoza y la victoria del Frente Sandinista de Liberación Nacional.  Todavía en el país se respiraba el tufo del anticomunismo de los “doce años de Balaguer” y aunque la situación política de nuestro país había cambiado, Edwin fue presionado por instancias del poder y creo que hasta puso en juego su trabajo en la compañía donde laboraba. Gracias a Dios que eso no pasó de amenazas..
 
El grupo se amplió, nuevos amigos comenzaron a participar en nuestras tertulias literarias, las que celebrábamos sábados o domingos en las mañanas, para compartir inquietudes, comentar situaciones, opinar sobre la política dominicana, la drogadicción, la corrupción, o para escuchar el último cuento escrito por Rafael Peralta Romero, comentar los picantes artículos de Clodomiro Moquete en la revista Vetas, discutir con Roberto Cassá sobre la problemática haitiana, leernos el primer borrador del libro que estaba escribiendo Don Miguel sobre el asalto al Royal Bank, comentar la novela de Edwin Disla Vida de un tormento, y así nos pasábamos semanas tras semanas manteniéndonos en armonía, consolidando lo que para mi fue una bella y fructífera amistad: De los más asiduos participando en las tertulias recuerdo a Edwin, Don Manuel Mora Serrano, Dante Ortiz, Peralta Romero y otros que ahora escapan a mi memoria.  
 
El Ministro en el Archivo General de la Nación
 
Cuando la revista dejó de salir, Miguel Holguin-Veras se entregó por entero al Archivo General de la Nación, institución que fue parte importante de su vida. Creo que llegó a ser uno de los que más conocía esta institución, desde antes de ser dirigida por Font Bernard. Conocía lo que estaba pasando, se preocupaba por ello y hasta llegó a denunciarlo públicamente buscando que las autoridades tomaran en cuenta que allí se encontraba la memoria histórica de la patria, que se la estaban robando, destruyendo, vendiendo…,. Por esas responsables denuncias, aunque llegó a ocupar la subdirección del AGN, comenzó a ser hostigado por funcionarios de primera, segunda y hasta de terceras categorías, que se creían, por sus vínculos políticos, ser los dueños del Archivo, en especial un tal “Saquito”, que junto a otras autoridades del Estado, llevaba ese centro de cultura a su desaparición. Después de muchas dificultades fue relegado a un segundo plano y desde la dirección de la oficina del Estado que administraba el AGN, se le hizo la vida imposible.
 
En esa situación lo encontró la nueva dirección general del AGN nombrada por el doctor Leonel Fernández a finales del 2004 y en enero del 2005 pasamos a ser compañeros de labores, pues pasé a dirigir la biblioteca del AGN. La Dirección le reconoció su trabajo como encargado de la Fototeca, que era a la que dedicaba con pasión todo su tiempo en la institución y se le duplicó su salario, pero comenzaron a suceder pequeños incidentes que al parecer molestaban al Ministro, especialmente cuando algunos intrigantes comenzaron a molestarlo y a entorpecer su trabajo. Recuerdo los dos principales casos que lo llevaron a dejar el AGN: 1) Un funcionario bajo su responsabilidad, pero con ínfula de gran autoridad no civil, quería desplazarlo de su puesto, como al final hizo, 2) Los rumores maliciosos puestos a circular con marcada mala fe, por quien en ese momento se auto-entendía como “uno de los principales a bordo” y amigo de Don Miguel, además de participar en  las tertulias de los domingos. Tomando rumores de otros empleados comenzó a cuestionar los principios y valores morales de Don Miguel, lo que él no podía bajo ninguna circunstancia aceptar. Un lunes temprano en la mañana, Miguel enfrentó con duras palabras al entonces funcionario y después de esto, sin pensarlo dos veces, comenzó a recoger sus cosas y a distribuirlas en los departamentos que él entendía tenían que quedar después de su salida. Eran documentos, libros, folletos únicos en el país, que los había cuidado como celoso guardián para que nadie, ni siquiera los directores que habían pasados por allí antes del 2004, se atrevieran a tomarlos “para siempre”. La Dirección lamentó el incidente y llamó a Don Miguel para aclarar el impasse y pedirle que desistiera de su renuncia a la institución; pero no quiso escuchar, ni cambiar su posición de irse para siempre. Desde entonces no volvió a visitar al AGN que había sido parte de su vida. El intrigante recibió para siempre su desprecio como terrible castigo. 
 
Los últimos días de Don Miguel y un Lamentable Incidente
 
Ya estando fuera del AGN, Don Miguel se dedicó a escribir los libros que siempre tuvo como proyectos. Ahora no tenía que ir al AGN, pues la dirección de esa institución aprobó gestionar su jubilación, lo que permitió que siguiera recibiendo su salario completo hasta que definitivamente fuera aprobada por el Estado. Seguimos celebrando las tertulias, pero no con la periodicidad de antes. Ahora nos reuníamos ocasionalmente y  por convocatorias, pues todos estábamos enfrascados en proyectos y planes que nos robaban el tiempo para estar juntos. Aún así, no había puesta en circulación de libros, de autores relacionados con el grupo, en las que no estuviéramos presente, y más si el libro era de uno del grupo: Mora Serrano, Edwin Disla, Mélida García, Rafael Peralta Romero, y otros menos relacionados-
 
Miguel nos mantenía al tanto de sus proyectos, nos hablaba de sus personajes, nos leía los capítulos que iba escribiendo, se compró una computadora y comenzó a publicar una página web en la Internet, y algunas veces nos invitaba a pasar por su hogar los domingos en las mañanas para intercambiar  ideas y sueños.  A veces, Edwin y yo lo obligábamos a salir de su hogar, para disfrutar en su compañía de agradables conversaciones acompañadas de copas de exquisitos vinos, en lugares y momentos en que Don Mora Serrano, al que todos admirábamos, se convertía en el “sumo pontífice” del grupo. Ya Don Miguel era reconocido como uno de los mas importantes escritores de la República Dominicana y Clodomiro el de Vetas amenazaba con dedicarle la portada de su revista. Todos reconocíamos en él no solo al amigo, sino al intelectual y maestro que resultaba en cada uno de sus propósitos.
 
En abril del 2002 fui invitado por Orlando Inoa para que hablara en la puesta en circulación de su revista Xinesquema. El temas que debía de abordar era el de la historia de las revistas literarias. Me senté en mi pequeño espacio atiborrado de libros, busqué apuntes, informaciones y terminé redactando un historial de las que yo entendía  más importantes publicaciones culturales de la República Dominicana desde 1844 y hasta el 2002. Era obvio que estaba obligado a tocar la existencia de Tambor, pero al leer el texto me di cuenta de que no, que la había olvidado. Entonces tomé un bolígrafo y con grandes letras marqué el lugar donde debía parar de leer y referirme a la revista de Don Miguel. Como conocía su historia no tenía porque sentarme a escribir todos los detalles. Pero, lamentable error que me avergonzó por tiempo, cuando en el salón del Centro Cultural Hispano leía lo que se me había encargado y sabiendo que Edwin, Don Miguel y otros del grupo se encontraban allí, al llegar al punto donde tenía que tocar la revista Tambor, seguí leyendo y por error no tomé en cuenta la nota que había escrito al margen de la pagina.
 
Finalizado el acto me acerqué al grupo y Edwin me llamó a un lado para observarme que no había hablado de la revista. No encontraba donde “meter la cara” y menos cómo explicarle a Don Miguel aquel error, que entiendo nunca perdonó. Nos fuimos al “Palacio de la Esquizofrenia”, lugar que se había convertido en el centro de nuestras tertulias, y allí el Ministro, aunque con mucha decencia, me enrostró el lamentable error; pero días después estábamos juntos y él no le dio importancia al incidente, aunque Edwin Disla  siempre ha dicho y todavía me dice que fue premeditado lo que pasó aquella noche, que me estaba vengando de él porque hacía años me hizo salir de Tambor, una apreciación que no compartí entonces ni comparto ahora, porque mi admiración y cariño por Don Miguel estaba al margen de nimiedades. Lo lamentable es que al pedirle excusa al Ministro, le dije que iba a rectificar la omisión cuando saliera publicado en Xinesquema lo que había leído la noche del incidente. Me senté a redactar todo lo que sabía sobre Tambor y lo llevé a la oficina de Orlando Inoa, pidiéndole que sustituyera el texto que le había entregado la noche de la puesta en circulación de revista. Le expliqué el incidente y me prometió que iba a realizar los cambios pedidos. A salir el siguiente número de Xinesquema, leí apresurado buscando la rectificación, pero la que Inoa publicó fue la versión original. Imagínese la preocupación que me embargó, pensé de inmediato en un posible enojo del Ministro, sin embargo él estrechó mucho más su relación con Edwin y conmigo.
 
El Final se Acercaba
 
Recuerdo la última vez que lo vi. Fue en la puesta en circulación de la novela Manolo, de Edwin Disla, ganadora del premio nacional de literatura 2007. Allí, en el salón de la librería Cuesta, acompañando solidariamente al autor de la obra y sentados entre el público todos los amigos, incluyendo a Don Miguel, todos estábamos  alegres compartiendo las incidencias del nutrido acto, pues Edwin había logrado uno de sus sueños. Miguel y yo nos manteníamos en el público celebrando el triunfo de nuestro común amigo. Al finalizar la parte formal del acto y después que Edwin autografió los ejemplares adquiridos por el público, se acercó a nosotros y el grupo se fue compactando a su alrededor. Junto a él y Don Miguel,  también yo, Carlos Valerio, Pedro Condes, Hungría, Mora Serrano y otros. El flash de la cámara se hacía insistente. Entonces el Ministro aprovechó para contarnos: “Mientras el acto se desarrollaba y se hacia la presentación de Manolo, aunque nadie se daba cuenta, yo me estaba muriendo”.
 
Nosotros decíamos que a Don Miguel le había cogido con “esa vaina”, pues ya en otras ocasiones había hecho referencia a la muerte: “Yo no quisiera morirme—decía—sin terminar de escribir mis libros” y nosotros no les creíamos y hasta lo “relajábamos” un poco. “Ya viene usted con eso, Ministro usted está lleno de vida” y él insistía: “Es verdad, me estoy muriendo”.
 
El día 30 de diciembre del 2007, después de un par de días enfermo, y parece que cumpliendo con su profecía, Don Miguel se nos murió para siempre. Hoy 24 de diciembre del 2009, me da la impresión y tengo el presentimiento de que sigue siendo mentira, que no es cierto, que  la muerte no existe y el Ministro sigue entre nosotros. Créanme, en algún lugar del universo, quien sabe si todavía sentado en su mecedora o tecleando en su nueva computadora, el Ministro sigue escribiendo sus libros, influenciándonos con sus enseñanzas. 
  
Lo que escribí en el Boletín del AGN a Raíz de su Fallecimiento
 
En el Boletín del Archivo General de la Nación escribí la siguiente nota: “Fallece Miguel A. Holguín-Veras”. Nació en Santiago de los Caballeros el 26 de abril de 1927 y  falleció en Santo Domingo el 30 de diciembre del 2007. Laboró por décadas en el Archivo General de la Nación, donde ocupó la Subdirección y fue encargado del área de fototeca. Hijo de Pedro Holguín Veras y Georgina Roulet. Casado con la soprano Gladis Pérez, era padre de Austria Georgina, Miguel Oscar, Mayra Violeta, Kelba, Altagracia y Clara Miguelina. Dedicó su vida a la literatura y la investigación histórica.
 
Dejó publicados varios libros de cuentos, novelas, biografías y ensayos históricos, entre ellos: Elila Mena (1983), Índice comentado del Boletín del Archivo General de la Nación (1989), Julio Alberto Hernández (1990), Eduardo  Brito y Antonio Mesa (1990), Juro que sabré vengarme (1998), Al pie de la escalera (2000), Acerca de canciones dominicanas antiguas (2001), De investigación e historia (2003), Azua y el himno nacional dominicano (2003), Tesón campesino (2006), Asalto y muerte (2006), y Recuerdos del Bosque (2006). Fue fundador y director de las revistas literarias “Tambor” y “Punto 7”, la última publicada en la ciudad de Nueva York.
 
Su meritoria labor en el Archivo General de la Nación, su empeño permanente por la preservación de valiosos fondos históricos y la organización de las colecciones de la Fototeca, le valieron el respeto de sus compañeros y el reconocimiento de la Dirección General del AGN. Nuestras condolencias a su viuda doña Gladis Pérez y demás familiares. Paz a sus restos.
 
Lo que Publiqué en el Periódico Hoy sobre su Fallecimiento
 
Fallece Miguel Holguin-Veras: Historiador y Novelista
. En el periódico Hoy, en la sección de opinión, apareció mi escrito con el título: “La historia y la literatura están de luto”:   “El fin de año 2007 ha sido terrible para la historia y la literatura dominicana. Una generación de maestros inicia su despedida, en medio de las lágrimas de sus familiares y el dolor de los amigos: En noviembre falleció Francisco Henríquez Vásquez (Chito Henríquez), historiador, patriota y maestro de generaciones. Ayer, 30 de diciembre, Don Miguel patriota, cuentista, investigador y novelista nos sorprendió con su muerte, cuando más se estaba dando a su pueblo.
 
Conocí a Don Miguel, a quien cariñosamente llamábamos El Ministro, hace más de 25 años. Nos acercó el amor a los libros, el interés por la investigación y la pasión por la historia, y junto a él encontré otro amigo, el escritor Edwin Disla, el más fiel de sus compañeros.
 
Habíamos logrado compactarnos en un solo interés y propósito; el encuentro cotidiano ya sea en el Malecón, en su hogar, o bajo un árbol frondoso de la Cafetería El Conde, donde compartíamos con Manuel Mora Serrano, Noel Hidalgo, Chito Henríquez, Dato Pagán y otros tantos que nos hicieron compañía, era siempre oportuno para aprender de él y reflexionar acerca de todo lo que entendiéremos como humano: los conflictos sociales, el perfil dictatorial de gobiernos pasados, las guerras de exterminio en el mundo, la maldición de la herencia trujillista, las mentiras malvadas del cortesano-presidente, el afán común por la producción histórica y literaria, las investigaciones en el Archivo General de la Nación, sus libros proyectados en la pasión con que enfrentaba la literatura.
 
Ayer domingo, demasiado temprano, el impacto fue desgarrante; junto a sus familiares y amigos tuvimos que resistir callados su despedida. Al caer la tarde, mientras su ataúd era colocado en el nicho que ocupará por siempre su cuerpo, se me antojaba que era mentira y que simplemente El Ministro nos jugaba una broma para confirmar lo que él tanta veces presintió. En los últimos meses la muerte lo estuvo acompañando y ni Edwin ni yo le creíamos: “me estoy muriendo y no voy a poder terminar de escribir y publicar mis libros”, nos decía. Rechazábamos sus comentarios, como si quisiéramos también alejar de él su presentimiento: “con las vainas que le ha cogido al Ministro”, y él insistía sobre la inminencia de su partida.
 
Pero Don Miguel era fuerte; la última vez que compartí con él fue en la puesta en circulación de la novela “Manolo” de Edwin. Como siempre, allí estaba. Al finalizar el acto se acercó para felicitar a Edwin y decirnos que hacía minutos, mientras todos escuchaban la presentación de la obra, él estuvo a punto de morir. Y nos lo contaba con una copa de vino en la mano y compartiendo como si nada hubiera pasado. Nadie quería creerle.
 
Planificamos el nuevo encuentro y opiné que en el Palacio de la Esquizofrenia era el mejor lugar para compartir, y los días navideños propicios para hacerlo. En medio del dolor, a media mañana del domingo 30 de diciembre mientras sus familiares lo lloraban, Edwin me acompañó y fuimos solos y doloridos a sentarnos una hora debajo del árbol frondoso de la calle El Conde con Arzobispo Meriño. Era nuestro último homenaje de quien nos sentíamos discípulos. Allí presentí en silencio, que junto a nosotros estaba Don Miguel, y a pocos pasos sentado en su mesa de siempre con un cigarrillo entre los dedos y una tasa de café en los labios, estaba el otro Maestro ido: Chito Henríquez. Son terribles estas despedidas. ¡Qué en Paz Descansen!”.  31 de diciembre del 2007.
 

 

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